19 diciembre, 2008

Los terribles actos de Díaz de Garayo, el Sacamantecas de Vitoria

Leed con mucha atención
lo que tenéis en la mano.
Así poder conocer

este suceso inhumano...


Si hacemos caso a La Vanguardia, en su edición del sábado 21 de mayo de 1881 -ya ha llovido-, la familia Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña nunca fue muy normal. Comentaban los periodistas, por aquel entonces, que el pater familias, del cual no ha trascendido el nombre, era uno de esos malos hombres de la época. Estamos en Eguilaz, Álava, una pequeña aldea de principios del siglo XXI. Familia pobre de labradores, multitud de hijos, padre borracho y mezquino. Y su prole. Dionisia, que nació en 1810, histérica, según el periodista. Florentina, en 1826, alcohólica y paridera, que tuvo nueve hijos, ocho muertos. Ramona, no se sabe la fecha, que se dedicó a vagabundear, ocho hijos, cinco muertos, uno condenado por asesinato. Cirilo, mujeriego y bebedor. Y Juan. Juan, que siempre fue el peor. El que hizo historia, pero historia negra.

Juan Díaz de Garayo había nacido el 6 de octubre de 1821 y siendo muy joven se casó con una viuda del pueblo mayor que él, lo que le dio una relativa estabilidad económica y una vida tranquila que finalizó abruptamente cuando esta mujer falleció en 1863. Garayo se casaría tres veces más, pero los matrimonios no serían, ni mucho menos, tan felices como había sido el primero. Amargado e intratable, Garayo ocultaba sus penas en el alcohol, trabajaba muy de cuando en cuando y molía a palos a sus mujeres cuando, precisamente por la falta de dinero, no podían ponerle nada en el plato, o no lo que era de su gusto. Las tres murieron prematuramente, enfermas, de la pena o de hambre. Garayo se quedó solo y, convencido ya de que no le duraban las mujeres en casa, se las buscó por fuera. Y allí, fuera, en la calle, en las sórdidas callejas de su pueblo y en los montes circundantes, fue donde empezó todo.

Era 1870. Garayo estaba a punto de cumplir los cincuenta y contrató los servicios de una pobre prostituta a la que, acabado el acto, no podía pagar. La mujer le increpó, produciéndose una tremenda discusión que acabó con Garayo estrangulando a la mujer hasta la muerte. Lejos de amedrantarse cuando vio que había asesinado a la prostituta, escondió y violó su cadáver en el monte. El monstruo acababa de despertar.

Repitió el acto de asesinar y violar el cadáver de una prostituta al menos una vez más, al año siguiente; y, al siguiente, de nuevo violó y asesinó (dicen que el orden de los factores...) a una pequeña de la localidad de no más de trece años de edad.

Nos encontramos, pues, en 1872. La carrera criminal de Garayo contaba ya con, al menos, tres muertas, cuando decidió ir a por la cuarta: una muchacha a la que los avatares de la vida habían llevado a la prostitución, y a la cual estranguló y en cuyo corazón clavó varias veces una horquilla del pelo que la desdichada llevaba aquel día. El labrador descubrió entonces lo mucho qué le excitaba ver correr la sangre, ver a sus víctimas muriendo poco a poco mientras se les iba el fluido vital de sus cuerpos. En 1879, las andanzas de Garayo llegaron a su culmen. Después de varios intentos a diversas mujeres del pueblo que consiguieron escapar de sus garras, apuñaló a su quinta víctima para después violarla. La sexta víctima, aquel mismo año, fue la más conocida y su crimen más sádico. Ella tenía cincuenta y dos años, era pobre como las ratas y honrada, y su único delito fue cruzarse por el camino del asesino a la hora justa en el que éste buscaba saciar su sed de sangre. Fue estrangulada con su propio delantal, destripada, descuartizada, violado su cadáver.

Mientras tanto, el pueblo y sus alrededores temblaban de terror. Decían que el asesino, al que sólo unas pocas afortunadas habían visto la cara antes de salvarse de una muerte segura, quitaba las grasas de sus víctimas para utilizarlas como aceite y combustible culinario. De ahí surgió el apodo Sacamantecas, que las niñas de la época aprendieron a temer y respetar. Garayo escapó de la zona en cuanto comenzaron a extenderse los rumores de jovencitas aterrorizadas que describían a su atacante como un hombre muy parecido a él.

Padre, qué criado tan feo has traído, ¡parece el Sacamantecas!, cuentan que musitó una niña que, afortunadamente, nunca había visto en su vida al susodicho, cuando contempló el rostro amargado y envejecido prematuramente de Juan Díaz de Garayo. Era finales de 1879, y sólo faltaban unas semanas para que un simple alguacil, Pío Pinedo, reconociera también en las facciones de aquel hombre anónimo los rasgos que había leído en los testimonios de las supervivientes y le llevara arrestado. Díaz de Garayo lo confesó todo. España se conmocionó.

Incluso después de su ejecución por garrote vil en 1880, los niños de todo el país siguieron dando vueltas en sus camas de noche pensando en la posibilidad de encontrarse con el Sacamantecas de Vitoria. Dicen que las personas que han sido muy buenas, o muy malas, dejan allá por donde pasen un aura de bondad o de maldad que resiste al paso de los años. Supongo que Garayo fue una de esas personas, que la tinta de los diarios de aquella España que comenzaba a leer llevaron a cada uno de los rincones de nuestras casas...

Fuentes: 1 2 3 4 5 6 7

15 diciembre, 2008

El hombrecillo de la RDA

1961 pasará a la historia de Alemania por haber sido el triste año en el que se levantó el Muro de la Vergüenza, pero, para la cultura popular, también porque en él fue cuando nació el curioso Ampelmännchen de los semáforos del Berlín Este. Su cabezona y paticorta silueta la diseñó Karl Plegau, que no era ni mucho menos un dibujante ni nada que se le pareciera. Karl era, por el contrario, psicólogo, y creía que una de las medidas para evitar la siniestralidad en el tráfico vial pasaba por concienciar a los peatones mostrándoles un personaje amable y carismático (que, además, tenía diferentes posturas para las órdenes de pasar y detenerse, lo que era de gran ayuda para el 10% de la población alemana, sufridora de daltonismo). Ése sería Ampelmännchen (literalmente, hombrecito del semáforo). Toda una campaña propagandística se creó en torno a aquel personaje, que llegó a participar en programas de televisión y cuya figura pronto adornó todos los semáforos de la ahora incomunicada RDA.

Décadas después, cuando cayó el Muro, la reunificación alemana estuvo a punto de llevarse por delante aquel pequeño hombrecillo, en pos de la expansión del más serio y estirado símbolo occidental (el mismo que tenemos en España). Un enorme movimiento popular se levantó en contra de tal decisión, consiguiendo salvar al Ampelmännchen de la quema y convirtiéndolo en todo un icono nostálgico de la vieja Alemania. En 2004, 43 años después de su creación, el viejo hombrecillo recibió incluso la recompensa de una novieta: se trataba de la Ampelfrau, la figura femenina -con coletitas y falda- del Ampelmännchen que se colocó en varios semáforos de la ciudad de Dresde...

11 diciembre, 2008

Bettie (1923-2008)


Bettie Page ha muerto hoy, a los 85 años de edad.

La leyenda ha nacido hoy, para toda la eternidad.

04 diciembre, 2008

El martirio de Bárbara


Cuentan que, hace muchos siglos, vivía en Nicomedia (una ciudad sita en la actual Turquía), una familia con problemas: el padre, Dióscoro, decidió encerrar a Bárbara, su única hija hembra, en una torre, aislada del mundo, para evitar que conociera varón alguno antes de casarla con cualquiera de los viejales que, a cambio de muchas monedas, la pretendían. Cansada de esperar y de soñar cada noche con la inocente libertad de pasear por las calles, Bárbara decidió enfrentarse a su padre de todas las maneras posibles, y una de ellas fue echándole atrás la religión pagana que él había intentado inculcarle. Bárbara sucumbió a la última religión de moda, el cristianismo, que predicaban melenudos vistos con suspicacia por las grandes élites, y Dióscoro decidió que la niña ya estaba tan perdida que lo único que se podía hacer con ella era asesinarla. Con diplomacia.

Bárbara intentó huir, pero, como habrán adivinado (porque si no no estaría contando esta historia), no lo consiguio. Un tribunal la condenó a morir decapitada, y después de ser torturada durante días, fue su propio padre quien le cortó el cuello con una espada de filo brillante y mortal. Pero también cuenta el narrador que Dióscoro recibió la venganza que merecía: mientras volvía a casa con las manos y las ropas manchadas con la sangre de su sangre, un rayo providencial le cayó encima, matándolo en el acto.

A aquella muchacha muerta en manos de su propio padre la proclamó, poco después, Santa la Iglesia oficial. Y su leyenda se expandió por toda Europa, siendo venerada por todas aquellas profesiones habituadas a tratar con explosiones como aquella que, de forma providencial, le quitó la vida al padre asesino.

En el caso de que la historia fuera cierta, ya habrían pasado más de 1500 años desde aquel vil asesinato en familia en la cumbre de un monte lejano. En sus manos está el creérselo o no, pero hoy, 4 de diciembre, muchos mineros recuerdan a Santa Bárbara aunque no truene: cuando el miedo aprieta, sólo convence la fé ciega. Como cuando Bárbara, ahogándola la soledad, decidió creer en algo que nunca le habían inculcado.

01 diciembre, 2008

Antonieta y los complejos

¿Complejos? Oh, claro que no. Ni uno sólo. Quizás, más que complejos, sea memoria. Quizás, a la vez, empatía.

Verán. Les voy a explicar por qué con una historia de las mías. Hablaré esta vez de mi tía bisabuela, Antonieta. Murió hace seis años, una fría mañana de febrero, superados los noventa, en un hospital madrileño. Nació hace noventa y siete, en 1911. Fue la primera niña de un porrón de críos, así que la madre de la que heredó el nombre (la madre, Antonie, consintió en españolizarlo a María Antonia) organizó un bautizo para el recuerdo. Pero esa no es la historia.

Antonieta, que así la llamaban todos, creció. Y se convirtió en una mujer de salvajes ojos azules, grande y con cara de mala hostia como la madre que la había parido. Como había visto a la gente trabajar en su casa toda la vida, siendo adolescente, y sin que le hiciera falta para mantenerse, comenzó a servir de ayudante de farmacia. Pasaron los años, y a principios de los 30 había conseguido ascender hasta ser la ayudante principal del otorrinolaringólogo Nicanor Ron Magdalena. Que no era poco, teniendo una educación básica. Y entonces, cuando ganaba un buen sueldo y tenía un trabajo estable, pasó lo que suele pasar: se enamoró.

Perdidamente. Como una loca. De un pintor de poca monta que vino a acondicionar una de las salas de la consulta, un niño mimado llamado Casimiro que se la llevó al huerto pronto y la hizo pasar por el altar en plena revolución de Octubre. Asturias prendía llamas, y Antonieta era feliz como una lombriz porque él la quería. Y él, como buen paisanón de la época, la retiró y la metió en su señora casa, aunque el sueldo de ella era más alto, y le hizo dos críos. Y, en medio de la guerra, años después, van y lo meten en la cárcel. Condena de muerte. Por rojo.

Caos en casa. Antonieta que mueve cielo y tierra. Con los dos críos bajo las faldas, hace llamadas, contacta con embajadores, camela al cuñado, recto falangista de pro, hace papeles, lleva cestas de comida a la cárcel, paraliza el mundo. Al final, por mediación de la amistad personal de la familia con el ex-embajador de Austria-Hungría, y los contactos del cuñado, la pena de muerte le es conmutada a Casimiro y vuelve a casa... o no. Porque resulta que el muy cabrón decide -eso sí, cuando ya ella ya había hecho todo lo inimaginable para salvarle la vida- que no está preparado para una relación seria y se vuelve a casa de mamá, dejando a Antonieta con un chasco de narices, los papeles de conmutación de la pena capital en casa y los críos pidiéndole comida, por favor, mamá, tenemos hambre.

Al tema: Antonieta se pasa una semana, una, llorando como una magdalena. Empieza en lunes y acaba en domingo, porque es entonces cuando decide que se acabó la tontería. Agarra críos, valor, se mete las lágrimas en un rinconcito apartado del corazón y se va, después de la guerra, a pedir trabajo. Sirve como chacha. Coge varios trabajos a la vez. Los deja cuando sale algo mejor. Lucha. Saca a los críos adelante. Pelea. Se agarra a la vida.

Consigue un trabajo en el negocio de un anticuario, como ayudante, y poco a poco va adquiriendo responsabilidades. Antonieta sabe administrar, lee y escribe bien, sabe matemáticas, y eso, en la época, es un plus. No le importa hacer horas extras, ni sudar, ni madrugar para ir al trabajo. Al anticuario le gusta su labor, la hace ama de llaves; cuando se pone enfermo, le confía el cuidado del negocio y de la casa. Antonieta se pasa trabajando décadas para darle a sus hijos una buena formación; ella se mete a monja, y a maestra, él se hace arquitecto.

Está en Barcelona cuando muere su padre. No puede asistir al entierro, le llora en silencio. A su madre llega justo para verla irse, años después, de su vida. Con el dinero que ha ahorrado todos esos años, alquila una casa para que su hermana, con apenas cincuenta años, pueda morir -víctima de un cáncer que le corroe las entrañas- en España, después de décadas de exilio en Francia. Y una vez más vuelve a intervenir en las autoridades para que a ella no le ocurra nada. Y sigue trabajando. Trabaja hasta que su hija no la deja trabajar más, con casi 90 años, porque se está muriendo. Hasta entonces, Antonieta mueve contactos, administra obras de artes, las vende, las compra, las valora con sabiduría, sigue luchando. Muere.

Y, a lo largo del desarrollo de toda esta historia que duró más de medio siglo, la mayoría de la gente sólo sabía decir que el dinero que tenía Antonieta para vivir de forma desahogada, sola y con sus hijos, se lo había ganado, seguro, de puta.

Por eso, queridos, si digo -en pleno 2008- que ya me sabré buscar la vida solita y que no necesito buscar una relación con un hombre que me mantenga, que yo las relaciones las establezco por otras muchas causas (amor, sexo, simpatía, o porque sí), créanme: no son complejos.

Es mantener en pie la dignidad de miles de mujeres como Antonieta. Y la mía propia.

28 noviembre, 2008

La loca de la Place Vêndome


Tal día como hoy, en 1899 (ciento nueve años se dice pronto, ¿verdad?) murió una vieja loca. Encontraron su cadáver pequeño y marchito en el pequeño apartamento donde vivía desde hacía tiempo, en la parisina Place Vêndome, y la enterraron sin pena, ni dolor, ni lamentos, ni gloria. A pesar de la evidente procedencia aristocrática de aquella anciana, pocos querían alternar con ella y, de hecho, ella no quería alternar con nadie. La vieja sólo salía durante la noche, y malvivía en aquel fúnebre apartamento con los cristales de las ventanas ahumados y las paredes pintadas de negro intenso. Ni un solo espejo en su casa. Moría, pues, aquel 28 de noviembre de 1899, la vieja loca de la Place Vêndome, y quizás mientras sacaban su cadáver hacia la carroza mortuoria, algún anciano que pasase por allí recordó súbitamente a quién había albergado, hacía años, aquel cuerpo seco. El ataúd con el que fue enterrada en Père Lachaise contenía, sí, la castigada carcasa de la bella Castiglione.

Se llamaba Virginia Oldoini y de niña la habían apodado Nicchia, pero su infancia no duró mucho. En 1854, cuando tenía apenas 17 años, sus padres la casaron con el conde de Castiglione, a la sazón de 30 años y que le había hecho un hijo antes de que Virginia se diera cuenta de lo muy hermosa que era. Se lo hizo saber un fotógrafo llamado Pierre-Louis Pierson, que comenzó haciéndole retratos y terminó tomándole fotos fetichistas: pies desnudos -todo un escándalo para la época-, máscaras, disfraces, misterio. Virginia era preciosa, con su cuerpo bien torneado, su melena rubia y sus ojos intensamente verdes, las facciones bien definidas, los pechos amplios.

No tendría ni 20 años cuando conoció a Napoleon III, y no tardaría ni un par de horas en llevárselo a la cama, para disgusto de el conde de ella y la emperatriz de él. La relación, tórrida y sexual, duró apenas un par de escandalosos años. El francés puso fin a la relación con cajas destempladas cuando se enteró que Virginia andaba en negociaciones con el gobierno italiano, y que las charletas políticas que tenía con él en el lecho no eran mero interés, sino espionaje en toda regla. Para aquel entonces ya era llamada la mujer del sexo de oro imperial y por su lecho pasarían hombres de enorme relevancia sociopolítica procedentes de toda Europa.

Hasta que envejeció y encerró sus recuerdos en una caja de latón que escondió entre paredes tan negras como un tizón.

Cuentan que, en la noche de aquel 28 de noviembre de 1899, mientras la ajada coraza de quien había sido la mujer más bella de Italia reposaba ya por siempre en el cementerio de Père Lachaise, vieron a un grupo de gendarmes salir del piso de la vieja loca de la Place Vêndome con una caja bajo el brazo. Cuentan que fueron a un lugar secreto donde forzaron la caja y quemaron todos los papeles que ocultaba ésta: fotografías, cartas, pasionales palabras. Cuentan, también, que entre el fuego desapareció la caligrafía de reyes, de emperadores, de empresarios y también, dicen que comentaron, de algún Papa.

Todos aquellos peligrosos secretos de Estado quedaron encerrados en unos ojos de color verde esmeralda que, tal día como hoy, hace ciento nueve años, se cerraron para siempre.

27 noviembre, 2008

Los terribles actos de Díaz de Garayo, el Sacamantecas

Leed con mucha atención
lo que tenéis en la mano.
Así poder conocer

este suceso inhumano...


Si hacemos caso a La Vanguardia, en su edición del sábado 21 de mayo de 1881 -ya ha llovido-, la familia Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña nunca fue muy normal. Comentaban los periodistas, por aquel entonces, que el pater familias, del cual no ha trascendido el nombre, era uno de esos malos hombres de la época. Estamos en Eguilaz, Álava, una pequeña aldea de principios del siglo XXI. Familia pobre de labradores, multitud de hijos, padre borracho y mezquino. Y su prole. Dionisia, que nació en 1810, histérica, según el periodista. Florentina, en 1826, alcohólica y paridera, que tuvo nueve hijos, ocho muertos. Ramona, no se sabe la fecha, que se dedicó a vagabundear, ocho hijos, cinco muertos, uno condenado por asesinato. Cirilo, mujeriego y bebedor. Y Juan. Juan, que siempre fue el peor. El que hizo historia, pero historia negra.

Juan Díaz de Garayo había nacido el 6 de octubre de 1821 y siendo muy joven se casó con una viuda del pueblo mayor que él, lo que le dio una relativa estabilidad económica y una vida tranquila que finalizó abruptamente cuando esta mujer falleció en 1863. Garayo se casaría tres veces más, pero los matrimonios no serían, ni mucho menos, tan felices como había sido el primero. Amargado e intratable, Garayo ocultaba sus penas en el alcohol, trabajaba muy de cuando en cuando y molía a palos a sus mujeres cuando, precisamente por la falta de dinero, no podían ponerle nada en el plato, o no lo que era de su gusto. Las tres murieron prematuramente, enfermas, de la pena o de hambre. Garayo se quedó solo y, convencido ya de que no le duraban las mujeres en casa, se las buscó por fuera. Y allí, fuera, en la calle, en las sórdidas callejas de su pueblo y en los montes circundantes, fue donde empezó todo.

Era 1870. Garayo estaba a punto de cumplir los cincuenta y contrató los servicios de una pobre prostituta a la que, acabado el acto, no podía pagar. La mujer le increpó, produciéndose una tremenda discusión que acabó con Garayo estrangulando a la mujer hasta la muerte. Lejos de amedrantarse cuando vio que había asesinado a la prostituta, escondió y violó su cadáver en el monte. El monstruo acababa de despertar.

Repitió el acto de asesinar y violar el cadáver de una prostituta al menos una vez más, al año siguiente; y, al siguiente, de nuevo violó y asesinó (dicen que el orden de los factores...) a una pequeña de la localidad de no más de trece años de edad.

Nos encontramos, pues, en 1872. La carrera criminal de Garayo contaba ya con, al menos, tres muertas, cuando decidió ir a por la cuarta: una muchacha a la que los avatares de la vida habían llevado a la prostitución, y a la cual estranguló y en cuyo corazón clavó varias veces una horquilla del pelo que la desdichada llevaba aquel día. El labrador descubrió entonces lo mucho qué le excitaba ver correr la sangre, ver a sus víctimas muriendo poco a poco mientras se les iba el fluido vital de sus cuerpos. En 1879, las andanzas de Garayo llegaron a su culmen. Después de varios intentos a diversas mujeres del pueblo que consiguieron escapar de sus garras, apuñaló a su quinta víctima para después violarla. La sexta víctima, aquel mismo año, fue la más conocida y su crimen más sádico. Ella tenía cincuenta y dos años, era pobre como las ratas y honrada, y su único delito fue cruzarse por el camino del asesino a la hora justa en el que éste buscaba saciar su sed de sangre. Fue estrangulada con su propio delantal, destripada, descuartizada, violado su cadáver.

Mientras tanto, el pueblo y sus alrededores temblaban de terror. Decían que el asesino, al que sólo unas pocas afortunadas habían visto la cara antes de salvarse de una muerte segura, quitaba las grasas de sus víctimas para utilizarlas como aceite y combustible culinario. De ahí surgió el apodo Sacamantecas, que las niñas de la época aprendieron a temer y respetar. Garayo escapó de la zona en cuanto comenzaron a extenderse los rumores de jovencitas aterrorizadas que describían a su atacante como un hombre muy parecido a él.

Padre, qué criado tan feo has traído, ¡parece el Sacamantecas!, cuentan que musitó una niña que, afortunadamente, nunca había visto en su vida al susodicho, cuando contempló el rostro amargado y envejecido prematuramente de Juan Díaz de Garayo. Era finales de 1879, y sólo faltaban unas semanas para que un simple alguacil, Pío Pinedo, reconociera también en las facciones de aquel hombre anónimo los rasgos que había leído en los testimonios de las supervivientes y le llevara arrestado. Díaz de Garayo lo confesó todo. España se conmocionó.

Incluso después de su ejecución por garrote vil en 1880, los niños de todo el país siguieron dando vueltas en sus camas de noche pensando en la posibilidad de encontrarse con el Sacamantecas de Vitoria. Dicen que las personas que han sido muy buenas, o muy malas, dejan allá por donde pasen un aura de bondad o de maldad que resiste al paso de los años. Supongo que Garayo fue una de esas personas, que la tinta de los diarios de aquella España que comenzaba a leer llevaron a cada uno de los rincones de nuestras casas...

Fuentes: 1 2 3 4 5 6 7

25 noviembre, 2008

De aquí no sale nadie

Ocurrió ayer. 23 de noviembre de 2008. En la calle Montero Ríos, Lugo, Galicia, España.

Empezó como una historia común. Unos caseros descontentos con su arrendada, que van a cantarle las cuarenta en la sobremesa, para que pague lo que es debido, por ejemplo. Como sea. El caso es que la arrendada, M.L.R.B., se cabrea y monta en cólera, cierra la puerta de salida y retiene contra su voluntad (una hermosa forma de referirse a un secuestro) a la pareja de caseros. Y aquí es donde la cosa toma tintes oscuros como la más oscura España profunda.

- De aquí no sale nadie hasta que no llegue Ana Rosa Quintana.

Toma. Ahí es nada. La pareja de caseros se mira desconcertada y le pregunta a la mujer que si está chalada o qué.

- De aquí no sale nadie hasta que no llegue Ana Rosa Quintana.

Y de ahí no había quien la sacara. Los caseros, acojonados. La mujer impertérrita, esperando por la llegada de la presentadora (aunque no reparó en que, siendo como eran las 14.30, el programa diario de la diva ya había acabado, y la Quintana estaría, probablemente, dando cuenta del café de después de comer, en algún punto de Madrid o Barcelona). La hija de los caseros, que no se podía creer la situación cuando, en un momento, la madre se logró escapar al baño para llamarla por teléfono pidiendo auxilio. La policía, avisada por la hija, partiéndose el culo tras la puerta de entrada. La alquilada con un ataque de ansiedad cuando, por fin, los sacaron de allí. Y la Quintana sin enterarse del tema.

Fuentes 1 | 2

24 noviembre, 2008

A Complete History Of My Sexual Failures

El primer descubrimiento en este FIC Xixón. Hilarante, demencial, brutal, excelente. La idea la tuvo Chris Waitt y el resultado es extremadamente recomendable.

23 noviembre, 2008

María Luisa, la reina niña

Nada tiene que ver el hecho de que María Luisa Gabriela de Saboya hubiera nacido entre algodones, en aquel Turín de 1688, de la semilla del rey de Sicilia y el vientre de toda una princesa de Orléans, con el que no le robasen la infancia, pues eso, precisamente, fue lo que hicieron. Cómo, si no, explicar de otra forma el hecho de que la casasen con apenas 12 años y medio con un hombre -el nuevo rey de España, Felipe V- al que ni siquiera conocía. María Luisa aún jugaba con muñecas, y seguía jugando con ellas cuando, un año y medio después, le vino la primera menstruación y, con ella, la obligación -ahora sí- de yacer con un marido que ella veía más como un compañero de juegos con el que se divertía correteando por palacio y jugando al escondite y al cucú.

Cuentan que aquella primera noche, ella de catorce añitos, el rey de diecisiete, al averiguar las intenciones del ansioso Felipe, María Luisa rompió en un llanto histérico y comenzó a proferir maldiciones en italiano. El rey interpretó de muy mala educación y de mucha niñería el que la airada princesita le echase de su cuarto en paños menores, sollozando como un bebé y rogándole a sus damas que la llevaran de vuelta a su adorado Turín, que le trajeran sus muñecas y que la dejasen arrebujarse bajo las faldas de su madre, ahora tan lejana. Lo fue, sin duda; así como el hecho de que la princesa se pasase tres días, tres, encerrada en su cuarto, negándose a recibir a nadie... ¿pero qué se puede esperar de una niña, más que niñerías?

La niña, de todos modos, creció. Y creció sexualmente de una manera tal que todo el reino -y todo el extranjero- murmuraba, tan sólo unos meses después de aquel primer incidente, que el cumplimiento de los deberes conyugales de los reyes podría ser hasta excesivo, y que los modales de la muchacha eran, cuanto menos, escandalosos... ya que se negaba a ocultar sus pies con el tontillo, a la moda española, e iba luciéndolos por ahí de forma descarada e insinuante.

Cuando murió, víctima de una pertinaz tuberculosis, con apenas 25 años, María Luisa ya no jugaba con muñecas y había parido cuatro hijos. Poco quedaba de aquella niña rechoncha cuyos ojos se encharcaban de lágrimas al recordar el bello Turín que la vio nacer: a quien le tocaba llorar ahora, desconsolable, era a un rey viudo que ya nunca más jugaría al cucú.

16 noviembre, 2008

Silvia Likens: Un crimen americano

Aunque la vida de Sylvia Likens nunca había sido fácil, ella siempre sonreía.

Sonreía después de cada mudanza, eternas mudanzas, eternas estancias temporales que le impedían establecer ninguna relación de amistad. Sonreía después de cada bronca de los padres, trabajadores circenses. Sonreía cuando la comida escaseaba porque a la madre le habían nacido dos pares de gemelos, ¡dos pares!, cuando una de las niñas se quedó coja por la maldita polio, sonreía, sonreía... Sonreía porque era una de esas personas que siempre sonríen, que siempre saben ver de la vida lo mejor. Aunque la vida, como digo, no les de nada. Aunque les haya traído al mundo para quitárselo todo.

Gertrude Baniszewski, por el contrario, era una de esas personas que nunca sonríen y que, de hecho, parecen ofenderse si están delante de alguien que lo haga. Tampoco había tenido una vida fácil: es de suponer que cada cual asume las desgracias como sabe hacerlo. Hay personas buenas. Hay personas malas. Y luego está esta historia, que supera cualquier concepto de bondad, maldad, humanidad o criminalidad que podamos imaginarnos.

Nos situamos en 1929. Fue el año en el que nació Gertrude van Fossan, la tercera de seis hijos que pronto se quedarían huérfanos de padre de repente, con toda la pobreza y miseria que eso conllevaba. Gertrude escapó de la miseria y de su madre, con la que no se llevaba bien, en cuanto cumplió dieciséis años y la ley le permitió casarse con John Baniszewski, que le hizo cuatro hijos y muchos moratones en los diez años que duró el matrimonio. Gertrude era una de esas mujeres que no saben permanecer solas, así que tardó poco en encontrar a otro hombre con el que llevarse mal y, cuando todo se rompió de nuevo, en reconciliarse con Baniszewski y dejarse hacer otro par de hijos más antes de que éste la abandonase definitivamente. Finalmente, en 1963, Gertrude se lió la manta a la cabeza con un muchacho diez años menor que ella, tuvo un hijo más y sufrió, de nuevo, el abandono masculino. No fueron años fáciles para aquella mujer escuchimizada y de mal temperamento. Ni tampoco para Paula, la hija mayor, a la sazón de la misma edad que Sylvia Lykens, bastantes más kilos en el cuerpo y que, como su madre, tampoco sonreía.

Cuando Paula trabó amistad con Sylvia y su hermana Jenny, las muchachas compartían miserias. La madre de Sylvia y Jenny acababa de ser encarcelada, acusada de robo, y Paula guardaba en sus entrañas un secreto que la avergonzaba: aunque apenas si tenía dieciséis años, estaba embarazada de un hombre casado que, ahora, la había abandonado. Estamos, ya, en el año 1965. El año en el que todo ocurrió. El padre de las jóvenes, siempre ausente, confió en Gertrude, experimentada madre sin lugar a dudas, para que cuidase, mientras durase la reclusión de su mujer, de ellas, previo pago semanal de 20 dólares.

La convivencia en la casa de los Baniszawski no iba a ser fácil. Gertrude era una mujer desquiciada que había aprendido a ser agresiva después de tantos años de ser, ella misma, víctima de la violencia. La primera vez que pegó a las hermanas Likens fue cuando el pago semanal que enviaba el padre se retrasó apenas si unas horas: entonces, de forma humillante para las muchachas, unas adolescentes coquetas, las castigó abofeteándoles en el trasero desnudo. A partir de entonces, la violencia verbal y física fue en aumento. Gertrude no soportaba a las jóvenes, en especial a Sylvia, a la que estaba recriminando todo el día ser una sucia y una promiscua, y permitía -e incitaba- a sus hijas y los amigos de éstas a agredir, junto a ella, a las muchachas. Sylvia se convirtió pronto en el monigote que nunca se quejaba ni se revelaba, en el saco de boxeo donde las Baniszawski descargaban su tensión. Llegó un momento en el que ni siquiera la presencia de otras personas las detenía. Delante de los Vermillion, por ejemplo, que habían acudido a su casa con la intención de contratarla como babysitter, Gertrude admitió, ni corta ni perezosa, que el ojo negro que Sylvia lucía con vergüenza se lo había hecho ella, y le tiró un vaso lleno de agua hirviendo encima, como castigo por vaya Dios a saber el qué.

Poco después, delante de unos chiquillos amigos del instituto de las chicas, Gertrude quiso humillar a Sylvia (y , sin duda, lo consiguió) haciéndola desvertirse y meterse una botella de Coca-Cola por la vagina. Sylvia callaba las humillaciones, las palizas y las torturas, totalmente aterrorizada, por miedo a que su hermana Jenny -coja de una pierna por haber contraído la polio de pequeña- comenzara a ser acosada como ella.

Probablemente nunca se conozcan todas las torturas a las que Sylvia fue sometida durante los meses que duró su estancia en la casa de los Baniszawski. Cuentan que llegaron a prohibir a la muchacha utilizar el baño para que se orinara encima, que solían rociar con sal las heridas que le causaban, que le obligaron a beber de sus orines y a comer de sus excrementos. De todas las torturas fueron testigos vecinos, compañeros y amigos de las muchachas que jamás dijeron nada, quién sabe por qué.

El día 21 de octubre de 1965, la locura de Gertrude llegó a sus límites. Enfadada porque aquella noche Sylvia había mojado la cama, y sólo después de volver a introducirle una botella de cristal por la vagina (una técnica que se había hecho ya frecuente para con la muchacha), decidió tatuarla de por vida con lo que ella creía firmemente que era Sylvia: una prostituta. Ató a la chica a la cama y, ayudada por un hierro ardiendo, comenzó a quemarle el estómago con la frase I am a prostitute and I am proud of it, que obligó a acabar a Ricky Hobbs, un compañero del instituto que estaba en la casa en aquel momento. ¿Qué harás ahora, Sylvia?, musito Gertrude con la mirada fría. ¿Qué harás? Ahora ya no podrás mostrarte desnuda ante ningún hombre sin que te vea la marca. Ahora ya nunca podrás casarte. ¿Qué vas a hacer? El mayor castigo para aquella mujer, más allá de las torturas, de las palizas, de las humillaciones, parecía ser el no permitir a la muchacha que se casase, el dejar que viviera sola -como ella- para siempre. Pero, con la escasa reacción de Sylvia ante esta amenaza, parece que Gertrude comenzó a tramar, entonces, el deshacerse de ella: la obligó, aquella misma tarde, a escribir una carta en la que decía a sus padres que se escapaba de casa. Que no la buscasen. Que no iba a volver jamás. Pero Gertrude cometió un grave error: quiso, incluso entonces, cubrirse las espaldas, y mandó a la pequeña escribir un texto absolutamente, demasiado, exculpatorio:

Al señor y la señora Likens,

Anoche me fui con un grupo de chicos que me dijeron que me pagarían si les daba algo a cambio, así que me fui al coche con ellos y les dí lo que querían... y al final, me pegaron, me dejaron cicatrices por toda la cara y por todo el cuerpo.

Y también me grabaron en el estómago que era una prostituta y que estaba orgullosa de serlo.

Todo lo que he hecho lo hice para volver loca a Gertie y para tener más dinero que ella. Me dieron un nuevo colchon, y yo lo meé... también he hecho pagar a Gertie muchas facturas médicas que ella no puede pagar y le he causado a ella y a sus hijos muchas crisis nerviosas...

Tres días después, el 24 de octubre, Sylvia murió a causa de una de las múltiples palizas a las que fue sometida por parte de la familia Baniszewski. Tenía dieciséis años y, desde hacía algunos meses, ya había dejado de sonreir.

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Gertrude estuvo veinte años en la cárcel después de reconocer que ella era la responsable de las torturas, las humillaciones y el asesinato de Sylvia. Vivió, desde entonces, cinco años hasta que murió, víctima de un cáncer, en la cama. Con setenta y un años, en 1990. Libre.

La vida. Y la justicia.

Fuentes 1 2 3

Para ver An American Crime (2007)

13 noviembre, 2008

El buen soldado Jaroslav

Cuando escribió Osudy dobrého vojáka Švejka za světové války, Jaroslav Hašek no se podía imaginar que aquellas líneas, en gran parte autobiográficas, trascenderían a la historia, convirtiéndose en la que, aún hoy, más de ochenta años después, está considerada como obra maestra de la literatura checa.

Jaroslav siempre había sido un tipo peculiar, sin lugar a dudas. Su historia empezó como otras tantas vidas tristes, tan comunes en cualquier lugar y fecha. Nacido en 1883, a la pobreza extrema de la familia Hašek se unía el gran problema de alcoholismo que sufría Josef, el padre, y, por extensión, el resto de los hermanos y la madre, Kateřina. Fue lo que le llevó a la tumba en 1896, cuando Jaroslav era ya un adolescente rebelde e incontrolable que no tardó demasiado en probar toda clase de drogas en el internado donde, desesperada, la madre lo llevó intentando sacar un mínimo de provecho de este su hijo más díscolo y problemático. El caso es que el chico no era estúpido. En 1902 pudo graduarse en algún que otro curso de comercio y comenzar a sacarse las castañas del fuego trabajando como bancario.

Pero una vida tan aburrida no convencía a Jaroslav, que ya llevaba en la cabeza la idea de dedicarse al mundo de las letras. Quería ser bohemio. A pesar de que ganaba un sueldo bastante digno, Jaroslav solía frecuentar -y vivir en- los barrios más marginales de la bella Praga, que lo había visto nacer, las tabernas más insalubres y las compañías menos recomendables. Comentan que, aparte de escribir, su principal afición era beber hasta caer redondo en el suelo, lo cual, a la larga, acabó provocando su despido de cualquier trabajo en el que se embarcase.

En 1906 Jaroslav decidió ser anarquista y vándalo callejero a un tiempo, lo cual provocaba que, cuando no estaba agitando las calles o bebiendo en una taberna de mala muerte con el dinero que ya empezaba a ganar por pequeños textos y la edición de aventuras periodísticas -frecuentemente desastrosas-, lo metiesen en la cárcel día sí y día también. Fue la época en la que cayó rendidamente enamorado de Jarmila Mayerová , otra bohemia como él.

Jarmila y Jaroslav se casaron sin el beneplácito de los padres de ella y la apatía de la madre de él, que ya había dado al retoño por perdido. La venida al mundo de Richard, el hijo de ambos, les metió en apuros. El hambre apretaba y, aunque a Jaroslav le iba mejor como escritor, aún hacía falta más dinero. Fue entonces cuando él se metió al oficio más extraño que pudo haber encontrado en las bulliciosas calles de Praga: traficante de perros. Quién se imaginaría al joven Jaroslav detrás de los perros de señoritingas distraídas, haciendo todo lo posible por zafárselos y llevárselos a su casa, hacerles criar y vender los cachorros a otras señoritingas venidas a menos por un precio de escándalo y un pedigree hábilmente falsificado. La escena, no me lo negarán, es cuanto menos truculenta. Y eso debió pensar Jarmila, que un día recogió los bártulos y se largó con el pequeño Richard a conocer otros mundos, dejando solo a Jaroslav con sus escritos, sus botellas de alcohol y sus perros robados.
Ahora solo, Jaroslav no dudó en alistarse al ejército checo cuando llegó la Primera Guerra Mundial, donde acabó de gestar al patoso y campechano soldado Švejk. Švejk había nacido en 1912, y la llegada de la Guerra fue, para el personaje, providencial. La colaboración con Josef Lada, el dibujante bohemio con el que Jaroslav había trabado amistad antes de la guerra, dio lugar a la novela folletinesca más conocida en el país. Parecía que Jaroslav, con Švejk , expulsaba todo lo malo que le ocurría en la guerra, y todos los recuerdos de su vida pasada, transformándolos en un humor cariñoso, bonachón, surrealista.

A su vuelta a casa después de haber sido prisionero de guerra con los rusos, Jaroslav no vivió demasiado para comprobar como su última obra alcanzaba la mayor expansión por el mundo jamás conocida para las letras checas. El buen soldado Švejk se traduciría a más de sesenta lenguajes antes de que su autor muriera, prematuramente, en 1923. Tenía cuarenta años, una tuberculosis de caballo agrandada por las malas costumbres y, en la cabeza, muchas más historias del soldado Švejk que nadie más que él pudo disfrutar: por un lado, porque él inventaba a Švejk, por otro, porque en el fondo Švejk y él eran la misma persona.

12 noviembre, 2008

Gijón, 1959

UN NIÑO MUY HERMOSO, OLVIDADO O ABANDONADO EN CIMADEVILLA
Una criatura, como de ocho días, dejada de prestado en un bar
La dueña del establecimiento no quiere que aparezca la madre

Revuelo en Cimadevilla —segundo del día— a las diez y media de la noche. A la puerta de un pequeño bar de la calle de la Vicaria se apelotonaba la gente; mujeres, sobre todo, y comentarios a gritos:

- ¡Ay, qué madres! ¡"Ye cómo pa mátales"!". Dios da "fíos"...
- No te pongas así, "muyer", al menos ésta dejó el "críu" en "buenes" manos.

Había que enterarse de lo ocurrido. Y fue lo siguiente: A eso de las dos de la tarde se presentó en el pequeño bar de Pili una mujer bien vestida, enlutada, con un niño en brazos y en la mano un paquete como de zapatos. Pidió por favor por favor un vaso de agua.

- ¿A usted? —preguntamos a Pili.
-
No, a mi marido. Yo estaba trajinando por la cocina. Precisamente tenía que preparar una paella para los candaminos que paran aquí. Son los que traen a Gijón la fresa y todos los sábados vienen a que les haga un buen arroz. El vaso de agua se lo sirvió mi marido que estaba en aquel momento leyendo VOLUNTAD.

- ¿Y qué más?
-
La mujer se sentó aquí, en este rincón, donde están estas cajas de vino. Salí yo de la cocina y me pidió un favor : que le tuviese un momento al niño y le guardase la caja mientras ella iba a buscar una habitación. Quería, al parecer, encontrar posada para unos días.

Pili, como cualquier mujer que tenga el corazón en su sitio y más si es de Candamo y vive en Cimadevilla, accedió gustosa a lo que la desconocida le pedía. Cogió al "guaje" con todo cariño y dijo a la desconocida que podía marcharse tranquilamente.

¡Y tan tranquila que se marchó! A las diez de la noche, aún no había aparecido a recoger la criatura. Pili y su marido no las tenían todas consigo. ¿Qué será esto?, se preguntaban. Y, naturalmente, por consejo de algunos vecinos, Angel Mota, el famoso cocinero del "Hernán Cortés", decidió trasladarse a la Comisaría para dar cuenta del caso. A las una de la madrugada nada se ha puesto en claro.

Volvimos a las once y media a la calle de la Vicaría. Aquello era un hormiguero. Mujeres, sobre todo, a la puerta del bar, en el portal de la casa y arriba en la vivienda. Todas querían coger al chiquillo. Y algunas hasta llevárselo, porque la verdad es que el "guaje" lo merece.

Pili, deshaciéndose allá como pudo de aquellos embates de delirio maternal, consiguió abrirnos paso hasta la vivienda. En una cama, bien arropado, estaba medio adormilado el "rapacín". No aparenta tener más de ocho días. Es hermoso, como son todos los niños cuando nacen.

- ¿Y ahora qué, Pili?
- Pues que si me lo quitan, me darán un gran disgusto.

- Pero, ¿es que piensa quedarse con él?
-
Dios me lo diera.

- ¿Le gustan los niños?
-
Mire una cosa: Ángel y yo llevamos tres años casados y no tenemos descendencia. No hace muchos días, fui a Oviedo a consultar con don Ernesto Macías para ver si era posible que lograse tener hijos.

- ¿Y qué?
- Pues me mandó estar nueve meses a reposo y seguir un régimen para adelgazar.

- ¿Lo siguió?
- No me dio tiempo, porque...

-¿Qué?
- Porque cuando iba a someterme al régimen, hoy mismo, fue cuando apareció esta criatura. Y ¡qué casualidad...!

Y es cuando la mujer, la mujer, verdaderamente emocionada por la casualidad, nos muestra la hoja del calendario correspondiente al día de ayer. En su santoral dice: "Santos del día: la aparición de Santiago Apóstol'.

- De modo que, de no reclamarlo su madre y quedarse con él legalmente, le llamarán...
- Santiago Ángel. Santiago por el Santo del dia y Ángel por mi marido, a quien también le gustan los crios a rabiar.

Abandonamos el piso y del portal salimos a trancas y barrancas, porque en la calle había tal baraúnda que apenas si se podía dar un paso. Y las voces repetían:

- ¡Qué suerte la de Pili! ¡Además de ser "regaláu, ye guapu"!

Y es que el humor de los de Cimadevilla es así. —C.


Voluntad, domingo 24 de mayo de 1959

11 noviembre, 2008

Feliciana

Es la única fotografía que conocemos tuya, Feliciana. Y sabemos poco más. Que cuando te la sacaron, por ejemplo, no eras tan mayor, y que tenías los mismos rasgos bellos que heredaron tus hijas, pero que la vida te había tratado mal (muy mal) y por eso la expresión era amarga, más ajada de lo normal, más triste. Tenías, por ejemplo, esas cejas arqueadísimas que heredaron tus cachorras, esa boca amplia y seria y ese pelo fino y abundante. No tenías los ojos azules, que fue lo que a ellas las remató como mujeres preciosas, pero tampoco te hacían demasiada falta.

Que naciste en Cayarga, una aldea perdida de Parres, y que en tu vida te asentaste de forma definitiva en ningún sitio. Que te casaste allá por 1902 con José, que prometía hacerte feliz y que era tan buen partido: trabajo estable, bien pagado, un buen profesional del ferrocarril. Qué equivocada estabas, qué joven eras. El tema fue que, a partir de entonces, te pasaste 20 años embarazada, soportando palizas, hambre y el olor del vino barato que él solía traer pegado al alma cada vez que venía de no trabajar, sin un duro en los bolsillos, sin comida para vuestros cachorros.

Que fuiste valiente. Que se lo perdonaste todo, claro, porque eran otros tiempos, pero luchaste porque toda tu camada no pasara hambre. Haciendo pequeños negocios a escondidas de él. Tenías mano con los animales, y en tiempos de hambre no eran pocos los que te pagaban por los escasos huevos que ponían tus gallinas, y que así te sacabas unas perras para la leche de los hijos.

Pariste más de una decena. Nadie recuerda a los que murieron antes de tiempo o a los que no llegaron a sobrevivir más de unos pocos meses en este mundo, que seguro que los hubo. De los otros diez, de los que más aguantaron, sí que han trascendido alguna cosa que otra. De Maruja, la mayor, que era alegre y bruta, amable y descarada, que se enamoró de un viudo joven de ojos de cielo y pelo amarillo y le hizo plantarse ante su familia, que, olvidando su propia juventud, se negaba a que el niño de sus ojos se casara con una pobre criadita de puebo. Y lo consiguió, pero la alegría le duró poco, porque él se le fue tan joven... De José, que te lo mataron en la guerra y cuya historia ya es eso: otra historia. De Sagrario y Josefina, que se fueron tan pronto, condenada tisis. De Manuel, que hizo las Américas. De Modesto y Luis, los que se quedaron en el pueblo, de Eloína, que consiguió ser feliz con el mismo cuñado de Maruja, de Moraima, de la que nunca se volvió a saber, y de Rafael Armando, el último que te queda sobre esta tierra, Feliciana, quien lo diría. El niño de tus ojos que nunca se te iría y nunca se te fue, de hecho. Que siempre estuvo ahí.

Estuviste orgullosa de tus cachorros y los defendiste como una leona en celo, aunque ellos no te perdonasen que aguantases los gritos de él, los golpes y las borracheras. Supongo, Feliciana, que era difícil no aguantar por aquel entonces, allá donde estabas. Supongo que moriste feliz de saber que ninguna de tus hijas estaba dispuesta a correr la misma suerte que tú. Cada madre enseña a su manera, y tú las enseñaste a tener arrojo, a no dejarse pisar, de una manera heterodoxa, sí, pero de una manera a fin de cuentas.

Mientras no sepamos cuándo naciste, ni siquiera cuándo moriste, Feliciana, vamos a considerar este día en el que me dio por recordarte, cuatro generaciones después, como el día en el que te recordaremos. Quien quiera recordarte, porque entre tú y yo, tatarabuela Feliciana, sabemos que lo mereces.

09 noviembre, 2008

De Wu Chao (624-705)

Cuando Wu Chao vino al mundo, en una fría tarde del año 624, su padre montó en cólera. Otra niña a la que mantener. Otra mujer por la que, tras años de manutención, habría que pagar porque se biencasara y se fuera de casa. Otro ser inferior que nunca haría nada de provecho, ni llevaría el honor a la familia, ni la riqueza, ni nada. Efectivamente, el padre de Wu Chao conocía bien la sociedad china. En aquella época (y hasta hace bastante poco), las mujeres eran seres secundarios que una familia noble podía permitirse tener, pero que jamás tendrían posibilidades para conseguir todo aquello que estaba reservado a los hombres.

Pero si estamos hablando hoy aquí, casi mil cuatrocientos años después, de Wu Chao, es porque ella sí lo consiguió.

La joven se autoeducó, en una época en la que las niñas -ni siquiera las nobles- no recibían ningún tipo de formación, hasta convertirse en una adolescente culta, y -eso lo hizo la naturaleza- bella. Por ello el padre decidió mandarla como integrante del harén del viejo emperador Tai Tsung, al que le faltaba poco para morir. La joven Wu poco tenía que hacer con el anciano, pero supo arrimarse bien a su hijo, Kao Tsung, que ya tenía esposa y concubina. A pesar de que pronto se convirtió en la favorita del futuro emperador, éste sólo podría aceptarla, como mucho, como segunda concubina, protocolo mandaba.

Al morir Tai Tsung, sus concubinas -incluida Wu- sufrieron el castigo que se les imponía a aquellas que lo hubieran sido del emperador muerto. La tradición mandaba. Wu fue rapada al cero y encerrada, pero el amor pasional que ya sufría Kao Tsung por ella hizo que el nuevo emperador se colase muchas veces en su celda hasta que, en 654, Wu parió un hijo varón. A partir de entonces todo son sospechas, alentadas por amigos y enemigos, pero que dejan translucir un hecho innegable: las tres mujeres, esposa, concubina y concubina no oficial, emprendieron una guerra por el poder, ya que el amor de Kao Tsung ya estaba bien a salvo en el corazón de Wu. Algunos cuentan que Wu llegó a asesinar a su bebé para culpar a las otras dos mujeres, otros, que realmente fueron ellas las asesinas. La cuestión fue que en 655, de un modo u otro, esposa y concubina fueron misteriosamente asesinadas y Wu consiguió, por fin, casarse con Kao Tsung.

Wu se fue deshaciendo poco a poco de todo aquel que le supusiera un estorbo. Al hijo de la antigua concubina del emperador lo envió como embajador a otras tierras, a su sobrina la envenenó y los dos hijos que había tenido con el emperador después del primer bebé muerto fueron, el uno, exiliado, y el otro, declarado incapaz. En 660, con 38 años, Kao Tsung sufrió una enfermedad que le postró en la cama, casi vegetal. Ahí fue donde Wu Chao tomó el poder. Logró lo que no había logrado nunca antes ninguna mujer, con métodos no demasiado diplomáticos, es cierto, pero... ¿es que acaso los hombres que accedían al poder en la China de aquella época no empleaban estrategias similares sin que nadie se echase las manos a la cabeza? El emperador falleció en 663, y Wu Chao fue proclamada emperatriz.

La aprobación de la libertad de cultos, la expansión de china con la conquista de la actual Corea, el desarrollo de culturas y artes, de la ciencia y de la sanidad, de la educación y la creación de nuevas leyes más favorables a la mujer fueron, a grandes rasgos, el producto del largo mandato de Wu Chao, que fue extremadamente longeva para la época, ya que falleció en 705, cuando tenía la friolera de 81 años... 81 años de hace, claro, mil trescientos años.

Cuentan (y nunca se sabrá si fue verdad o mentira) que seis años antes Wu Chao había creado un harén de concubinos para ella, ante el escándalo de la misma sociedad que consideraba perfectamente normal la existencia de harenes de concubinas para los emperadores varones. Cuentan, y jamás sabremos si fue real o una invención de sus enemigos, que durante el casi medio siglo que duró su mandato Wu Chao, ésta ordenaba a sus visitantes que la saludaran... lavándose la boca y haciéndole un cunnilingus.

De armas tomar. Y, en caso de que lo que cuentan sea real, extremadamente avispada...

Fuentes : 1 | 2 | 3 |

06 noviembre, 2008

El pueblo quiere votar

Toma, y tanto que quería votar. El titular es de Voluntad, el diario de las FET y las JONS en Gijón, el 27 de noviembre de 1960. Eran las municipales, era la democracia orgánica y eran otros tiempos. Se elegían cinco concejales, se presentaban trece: Juan Manuel Benguria Cardenal, Segundo Cabrero Rodríguez, Rafael del Canto Fernández, Julio Díaz Bernedo, Claudio Fernández Junquera, Dámaso Fernández Sánchez, Pedro García-Rendueles Aguado, Carlos González Orbón de Soto, José Medina Menéndez, Javier Loring Guilhou, Wenceslao Moré Cors, José Antonio Presedo Vázquez y José Rodríguez Amado. Todos del mismo lado. Y se votaba en tres veces : una, los sindicatos (efectivamente, todos del mismo lado también), otra, las asociaciones, y otra, el pueblo. El pueblo quiere votar...

... pero el pueblo sólo estaba representado, claro, por los cabezas de familia. La mayoría del pueblo quería votar, claro. Pero no podía. *

* Es algo básico en nuestra historia, sí... pero no viene mal recordarlo de cuando en cuando, porque a algunos parece que se les olvida con una frecuencia pasmosa.

04 noviembre, 2008

El hijo número trece




I was born thirteenth child
‘Neath the thirteenth moon

Spit out on ???


Hace apenas unos días, en la última noche de Halloween, the Boss Springsteen nos obsequió con este clip que, más allá de gustos personales (el ser fan incondicional del viejo Springsteen me hace cerrar la boca como si de una cremallera se tratase, a buen entendedor...), nos trae a la cabeza la aterradora leyenda del demonio de Jersey, por el que tantos niños -y no tan niños- norteamericanos fueron, son y serán incapaces de conciliar el sueño.

Lo que se dice del diablo de Jersey es común a muchas otras leyendas criptozoológicas: una suerte de dragón alado, con no muy buenas intenciones, que se esconde en los montes desde hace siglos y que, periódicamente, sale de su madriguera para llevar a cabo terribles hazañas con humanos.

La historia oral nos remite a 1735, y es muy probable que tenga, como todas, una base real. Cuenta que, en ese año, una mujer llamada Deborah Leeds, esposa de Japhet Leeds, parió a su treceavo hijo en esta vieja y pobre casa de Burlington, cerca de Leeds, Nueva Jersey. El niño, aparentemente normal, creció hasta adquirir una forma monstruosa: desarrolló cabeza y patas de caballo, alas de murciélago , cuernos de cabra y cola de dragón. Deborah, temerosa del qué dirán, encerró al niño todo el tiempo que pudo en el sótano de la casa, hasta que éste se escapó. Hasta ahí, relativamente, la parte real. Es fácil suponer que, efectivamente, allá por 1735 nació un bebé deforme que, debido a la superstición acrecentada por ser, además, el hijo número 13 de una familia pobre, causó el terror -pobrecillo- en la aldea. Es fácil, también, suponer la dramática vida del niño que, sin desearlo, fue considerado un ser maldito. Y aquí, también, es fácil saber que comenzó la leyenda.

El primer avistamiento conocido del diablo de Leeds tuvo lugar en 1778, cuando el Comandante Stephen Decatur creyó ver a una criatura muy similar a la descripción que contaban del extraño ser los viejos del lugar, sobrevolarle. En el siglo XIX los avistamientos fueron frecuentes: ya se había abierto la veda. José Bonaparte, el infame Pepe Botella de nuestra historia, aseguró verlo en diversas cacerías en las que participó, sobre 1820, en Nueva Jersey. La locura, sin embargo, llegó en 1909. En tan sólo una semana, la del 16 al 23 de enero, más de mil personas declararon haber visto al diablo de Jersey en diferentes lugares muy dispares. La leyenda del diablo alado se reavivó hasta el extremo de llegar a producirse absurdas falsificaciones del bicho: un canguro al que se le habían pegado en el lomo un par de alas falsas fue, por ejemplo, presentado ante el zoo de Philadelphia, que ofrecía una jugosa recompensa a quien capturase al monstruo.

Después de esta semana de terror, los avistamientos del monstruo se redujeron considerablemente, apareciendo sólo ocasionalmente y de forma siempre individual. El diablo
de Jersey es ahora -afortunadamente- tan sólo una historia de miedo que contar a los niños en Halloween, a la luz anaranjada de las calabazas y en la oscuridad de la noche en la que, por una vez, los muertos, los vivos y los intermedios conviven en el mismo universo.

¿Tan sólo? Por si acaso, vigilen sus espaldas, y estén atentos a cualquier chillido que provenga de allá arriba, cerca del cielo...

Fuentes : 1 | 2 | 3 | 4

02 noviembre, 2008

El monje loco

Se llamó Григóрий Ефимович Распýтин (Grigori Yefimovich Rasputin) y su vida siempre fue extraña, como él. Nacido a principios de 1869 en un desolador pueblo siberiano, Pokrovskoye, el pequeño Grigori era una buena pieza. Su infancia es todo un misterio histórico, pero las pocas pinceladas que se conocen de ella van en consonancia con el resto de la vida extraña que tuvo Rasputin. Que fue, por ejemplo, un pequeño ladronzuelo, que empezó a robar por pura hambre, o que tuvo dos hermanos que fallecieron, ambos, y en momentos diferentes, ahogados en el río Tura, que baña las proximidades de Pokrovskoye.

Pero Grigori sería algo más que un mangante de pueblo. Mucho más. Todo cambió cuando, siendo apenas un adolescente, conoció la ide
ología de los misteriosos khlysty o flagelantes, una secta religiosa que creía en la venida periódica de Jesucristo a la tierra, albergándose en el cuerpo de un elegido que -adivinaron- pronto fue identificado con Rasputín. Los flagelantes, para estar más en contacto con la divinidad, solían hacer extensas y pasionales orgías que influyeron, sin lugar a dudas, en el ya de por sí primario carácter de Grigori. A partir de entonces, a su extraño aspecto físico se unió un notorio atractivo sexual por sus famosas portentosas capacidades en la materia...

Rasputin gozaba de un arrollador carisma, y esto le hizo descubrir una buena profesión de futuro: hombre santo y cuentacuentos. Compensaba, de todas todas. El que hasta entonces había sido un vulgar cuatrero descubrió que, convirtiéndose en el líder espiritual de personas de gran poder económico, se ganaba más y se subía en el escalafón social. Y cuánto, además. En 1904, Rasputin supo de la terrible enfermedad que afectaba al zarevich Alexei, la hemofilia, por medio de una de sus clientas más leales, Anna Vyrubova. Grigori se había marcado varios puntos cuando consiguió, quién sabe cómo, que ésta se recuperase de las fatales heridas que le había provocado un accidente ferroviario. Fuera como fuera el método que empleó, Annushka (como la llamaban sus conocidos), que era una de las mejores amigas de la zarina Alexandra, quedó encantada con las dotes mágicas de aquel que creía sinceramente era un hombre santo, y lo recomendó a la familia del zar.

Grigori se convirtió en confidente, médico, mejor amigo y consejero de la familia, y, dijeron algunos, en pasional amante de Alexandra, que se pasaba las horas con él. Esto no le hizo nada de gracia a muchos miembros de la sociedad rusa del momento. No gustaba al pueblo, por supuesto, oprimido por una aristocracia que, ahora, parecía haber llegado a tener tanto dinero en sus manos que lo malgastaban en curanderos comecocos como Grigori. No gustaba a la iglesia, que veía decrecer su poder y realzarse el de un supersticioso hereje, y no gustaba a aquellos que querían ascender al poder y se topaban con que, para ello, tenían que pasar primero el sesgo de aquel barbudo pueblerino que tenía carcomida la cabeza a la pareja real.

En los años de la Primera Guerra Mundial, con el zar ausente, el poder de Grigori Rasputin se incrementó hasta el punto de llegar a suplantar la figura del propio zar, y aquel al que llamaban el monje loco de la corte rusa se comenzó a permitir licencias escandalosas: beber más de la cuenta, frecuentar prostitutas, hacer más bizarras sus orgías sadomasoquistas en las que, quién sabe, participarían bastantes miembros de la familia real. Hubo muchos que quisieron acabar con él, pero sólo dos hombres lo consiguieron. Dificultosamente, pero lo consiguieron.

Se llamaban Felix Yussupov y Dmitri Pavlovich. La tarea no era fácil: Rasputin parecía tener un aguante físico extraordinario, habiéndose recuperado, años atrás, de la cuchillada en el corazón que Khionia, una prostituta despechada, le había asestado. Aquello había sido en 1914. Ahora, en 1916, Felix y Dmitri, que tenían una animadversión tanto personal como política a Grigori, lo volverían a intentar. Conociendo uno de los grandes pecados capitales (uno de los más poderosos, vaya, porque Grigori se los aplicaba todos, uno pos uno) del siberiano, la gula, decidieron atacarle por ese frente. Le invitaron, pues, a una lujosa cena en el palacio de Moika, donde residía Felix.

Grigori no podía imaginar que tanto los postres como el vino que se le sirvió en aquella cena estaban repletos de cianuro, de modo que dio cuenta abundantemente de dulces y bebida. Aunque el nivel de cianuro presente en aquellos manjares hubiera servido para tumbar a cinco hombres, Felix y Dmitri comprobaron, estupefactos, cómo Rasputin permanecía allí sentado, como una rosa, sin ningún mísero amago de dolor de estómago. Aguantó horas. Dmitri y Felix comenzaron a desesperarse esperando la muerte, que habían creído inminente, de Grigori, hasta que el mismo Yussupov decidió cortar por lo sano y asestarle un tiro en mitad de la espalda. El monje loco cayó, cuan largo era, en el suelo de palacio, en medio de un gran charco de sangre. Todo se había acabado.

¿Todo? No. Cuando se disponían a levantar el cadáver, Felix se encontró con que Rasputin volvía a abrir sus profundos y misteriosos ojos azules y, ya consciente de la trampa a la que le habían sometido, intentaba atacarle con sus enormes manos. Comenzó entonces una tremenda lucha en la que los dos hombres, ayudados de otros partidarios a los que habían llamado pidiendo socorro, intentaban darle el matarile final a un hombre que, aunque moribundo y sin apenas movilidad, se resistía a morir. Rasputin recibió al menos tres tiros más, que aparentemente le dejaron sin sentido, antes de ser tirado a las heladas aguas del río Neva.


Murió Rasputín, sí, en aquel diciembre de 1916. Pero, aunque las crónicas no lo cuenten, podemos imaginarnos sin mucho esfuerzo que el día en el que encontraron su cadáver flotando en el Neva, ni Felix ni Dmitri pudieron dormir bien: la autopsia reveló que no habían arrojado, días atrás, un cuerpo muerto al río, sino un hombre aún vivo y con la fuerza necesaria como para haber intentado nadar, que finalmente había muerto -después de haber ingerido veneno suficiente para matar a varios caballos y sufrir al menos cuatro, cuatro, disparos en el torso- de frío.

De no haber muerto, como parecía que todos los hados querían, entonces, probablemente Rasputin hubiera sufrido las consecuencias de la revolución que, meses después, se levantó en Rusia en manos de la masa del pueblo, que moría de hambre mientras la zarina lloraba la muerte de su más que probable amante siberiano. El 17 de julio de 1918, la familia real que había confiado en Grigori moría ejecutada en su totalidad en Ekaterimburgo. Volvía a ganar, después de muerto, el viejo Grigori: tal y como había sido su predicción años atrás, Rusia sufría su mayor transformación, envuelta en una nube negra e inmersa en un profundo y doloroso mar de lágrimas...


30 octubre, 2008

Las mujeres de Millán-Astray

Puede que su grito famoso, aquel que profirió contra don Miguel de Unamuno en octubre de 1936, ya lo demostrara de por sí, pero por si a alguien se le había pasado desapercibido, José Millán-Astray siempre había sido un desgraciado. Nacido en 1879, José había sido un niño flacucho, feo y fanfarrón que sólo halló salida en el campo militar, en el que -todo hay que decirlo- destacaba sobre todos los demás.

Pero había nacido con mala estrella, sí. En especial para con las mujeres, con las que siempre tuvo una relación extraña. Ellas lo reverenciaban y lo asqueaban a un tiempo, él las adoraba y respetaba... pero siempre con resultados estrafalarios. La primera, sin duda, fue Elvirita, su esposa ante Dios. Cuentan que Millán-Astray, en la noche del 2 de marzo de 1906, su noche de bodas, después de haberla esperado meses, se lanzó a Elvira -casta dama de la alta sociedad castrense- con el pasional deseo sexual que sólo puede tener un muchacho de 26 años. Ella le detuvo en seco.

- Para, José. Quiero ser decente.
- Y lo eres, estamos casados ante Dios.
- No lo entiendes. Yo... he jurado ser siempre casta.

Lo había jurado, sí. Y lo mantendría, aún a pesar de haberlo mantenido en secreto incluso cuando José la había pedido en matrimonio. Las crónicas no recogen, claro, como se tomó en un primer momento el despechado novio la negativa de su (nunca mejor dicho) blanca y radiante compañera de lecho, pero el caso es que siguieron casados. Elvira a sus cosas, a sus rezos y obligaciones maritales (todas menos una), y Millán a su oficio de militar y a sus mujeres. Elvira lo sabía y lo entendía, resignada. Quizás a ella le hubiera gustado que su marido fuera, como ella, puro hasta el sepulcro, pero él jamás podría serlo. En su innata fanfarronería, Millán-Astray se las daba de Don Juan, y, sobre todo cuando adquirió cierto poder, lo fue.


Ocurrió, claro, después de la Guerra Civil. Millán-Astray había fundado, años atrás, la Legión Española, a cuyos soldados supo convertir en perfectos calcos suyos. José Millán-Astray era primario y práctico. A Unamuno, aquel 12 de octubre de 1936, le gritó que muriera la inteligencia. Se lo puso en bandeja : la elocuencia del intelectual superó su soflama con creces. Venceréis, -replicó- porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. El viejo Unamuno tenía razón. Vencieron. Y también venció Millán, que heredó de la guerra un jugoso ministerio en el nuevo régimen impuesto en el país.

Millán-Astray, ya se ha dicho, no era lo que se dice un dechado de virtudes. Y menos en el físico. Como Unamuno le recordó aquel día, Millán era un mutilado de guerra que llevaba en su cuerpo las marcas más desagradables de su oficio. De un fusil que disparó contra su mejilla conservó el recuerdo en la mandíbula, deformada para siempre, y en el ojo derecho, que le desapareció. De un tiro en el codo izquierdo perdió el brazo correspondiente. Sobrevivió, incluso, aunque con cicatrices, a un tiro al corazón. Aún así, el éxito con las mujeres, en especial a partir de la victoria de los suyos en la Guerra Civil, fue arrollador. A Millán-Astray, que sentía una obsesión realmente extraordinaria con el género femenino, se le daba bien. Excesivamente bien como para la casta moral que se imponía, por parte precisamente de los suyos, en la época. Cuentan que, en las reuniones sociales, el legionario conminaba a todas las parejas (heterosexuales, ¡por supuesto!) a besarse en público ante él, mientras que, en el resto de España, un simple beso entre un par de adolescentes podía llevarles a una noche de calabozo y bofetón del policía de turno.

El romance más sonado de Millán-Astray fue, sin lugar a dudas, una muy casquivana Celia Gámez (en la foto), picante musa del franquismo que conservó siempre amistad con el militar, llegando a invitarle como padrino a su boda. Allí, y no en otro sitio, fue donde Millán, siempre locuaz, acuñó la expresión ¡A mí la legión!, que profirió cuando unos muchachos tiraron, al paso de los novios, un par de cuernos. Hacían referencia, los diablillos, al muy afamado libertinaje sexual de la Gámez, que aún sabiendo que lo suyo habia sido vox populi se casaba de blanco inmaculado. Siempre caballeroso, Millán llamó entonces a sus legionarios, que acudieron raudos y veloces a defender el honor de la cupletista. Franco, claro, y la iglesia se echaban las manos a la cabeza. Y Millán respondía que él era así, sencillamente. Porque él era así.

El canto del cisne vino, para alivio (relativo) del dictador y los curas, con la última de las correrías de Millán-Astray en España. Ocurrió en 1942, cuando el legionario ya pasaba de los 60 años y se enamoró perdidamente de una muchacha de 35, que podía haber sido, por tanto, perfectamente la hija de aquel matrimonio que jamás se llegó a consumar y que, aún a pesar de ello y de la apabullante vida sexual extracasera de Millán, se mantenía. La joven era Rita Gasset, y Millán, que ya era viejo, se enchochó hasta el punto de que le pidió a Franco que le diera permiso para anular el matrimonio con Elvirita. El dictador puso los ojos en blanco. No me vayas a dar ese disgusto, hombre... no, hombre, por favor... Millán-Astray tuvo que irse, el rabo entre las piernas y su gachí bajo el brazo, exiliado a Francia. Allí nació su única hija, Peregrina, y allí moriría años después. Elvirita, desde su piso en Madrid, escribía mensualmente a la pequeña Peregrina, de la que la buena mujer aseguraba, ante las burlas de toda España, ser su tía.

Nadie lo puede negar : si algo tuvo Millán-Astray es que siempre fue un personaje...