19 diciembre, 2008

Los terribles actos de Díaz de Garayo, el Sacamantecas de Vitoria

Leed con mucha atención
lo que tenéis en la mano.
Así poder conocer

este suceso inhumano...


Si hacemos caso a La Vanguardia, en su edición del sábado 21 de mayo de 1881 -ya ha llovido-, la familia Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña nunca fue muy normal. Comentaban los periodistas, por aquel entonces, que el pater familias, del cual no ha trascendido el nombre, era uno de esos malos hombres de la época. Estamos en Eguilaz, Álava, una pequeña aldea de principios del siglo XXI. Familia pobre de labradores, multitud de hijos, padre borracho y mezquino. Y su prole. Dionisia, que nació en 1810, histérica, según el periodista. Florentina, en 1826, alcohólica y paridera, que tuvo nueve hijos, ocho muertos. Ramona, no se sabe la fecha, que se dedicó a vagabundear, ocho hijos, cinco muertos, uno condenado por asesinato. Cirilo, mujeriego y bebedor. Y Juan. Juan, que siempre fue el peor. El que hizo historia, pero historia negra.

Juan Díaz de Garayo había nacido el 6 de octubre de 1821 y siendo muy joven se casó con una viuda del pueblo mayor que él, lo que le dio una relativa estabilidad económica y una vida tranquila que finalizó abruptamente cuando esta mujer falleció en 1863. Garayo se casaría tres veces más, pero los matrimonios no serían, ni mucho menos, tan felices como había sido el primero. Amargado e intratable, Garayo ocultaba sus penas en el alcohol, trabajaba muy de cuando en cuando y molía a palos a sus mujeres cuando, precisamente por la falta de dinero, no podían ponerle nada en el plato, o no lo que era de su gusto. Las tres murieron prematuramente, enfermas, de la pena o de hambre. Garayo se quedó solo y, convencido ya de que no le duraban las mujeres en casa, se las buscó por fuera. Y allí, fuera, en la calle, en las sórdidas callejas de su pueblo y en los montes circundantes, fue donde empezó todo.

Era 1870. Garayo estaba a punto de cumplir los cincuenta y contrató los servicios de una pobre prostituta a la que, acabado el acto, no podía pagar. La mujer le increpó, produciéndose una tremenda discusión que acabó con Garayo estrangulando a la mujer hasta la muerte. Lejos de amedrantarse cuando vio que había asesinado a la prostituta, escondió y violó su cadáver en el monte. El monstruo acababa de despertar.

Repitió el acto de asesinar y violar el cadáver de una prostituta al menos una vez más, al año siguiente; y, al siguiente, de nuevo violó y asesinó (dicen que el orden de los factores...) a una pequeña de la localidad de no más de trece años de edad.

Nos encontramos, pues, en 1872. La carrera criminal de Garayo contaba ya con, al menos, tres muertas, cuando decidió ir a por la cuarta: una muchacha a la que los avatares de la vida habían llevado a la prostitución, y a la cual estranguló y en cuyo corazón clavó varias veces una horquilla del pelo que la desdichada llevaba aquel día. El labrador descubrió entonces lo mucho qué le excitaba ver correr la sangre, ver a sus víctimas muriendo poco a poco mientras se les iba el fluido vital de sus cuerpos. En 1879, las andanzas de Garayo llegaron a su culmen. Después de varios intentos a diversas mujeres del pueblo que consiguieron escapar de sus garras, apuñaló a su quinta víctima para después violarla. La sexta víctima, aquel mismo año, fue la más conocida y su crimen más sádico. Ella tenía cincuenta y dos años, era pobre como las ratas y honrada, y su único delito fue cruzarse por el camino del asesino a la hora justa en el que éste buscaba saciar su sed de sangre. Fue estrangulada con su propio delantal, destripada, descuartizada, violado su cadáver.

Mientras tanto, el pueblo y sus alrededores temblaban de terror. Decían que el asesino, al que sólo unas pocas afortunadas habían visto la cara antes de salvarse de una muerte segura, quitaba las grasas de sus víctimas para utilizarlas como aceite y combustible culinario. De ahí surgió el apodo Sacamantecas, que las niñas de la época aprendieron a temer y respetar. Garayo escapó de la zona en cuanto comenzaron a extenderse los rumores de jovencitas aterrorizadas que describían a su atacante como un hombre muy parecido a él.

Padre, qué criado tan feo has traído, ¡parece el Sacamantecas!, cuentan que musitó una niña que, afortunadamente, nunca había visto en su vida al susodicho, cuando contempló el rostro amargado y envejecido prematuramente de Juan Díaz de Garayo. Era finales de 1879, y sólo faltaban unas semanas para que un simple alguacil, Pío Pinedo, reconociera también en las facciones de aquel hombre anónimo los rasgos que había leído en los testimonios de las supervivientes y le llevara arrestado. Díaz de Garayo lo confesó todo. España se conmocionó.

Incluso después de su ejecución por garrote vil en 1880, los niños de todo el país siguieron dando vueltas en sus camas de noche pensando en la posibilidad de encontrarse con el Sacamantecas de Vitoria. Dicen que las personas que han sido muy buenas, o muy malas, dejan allá por donde pasen un aura de bondad o de maldad que resiste al paso de los años. Supongo que Garayo fue una de esas personas, que la tinta de los diarios de aquella España que comenzaba a leer llevaron a cada uno de los rincones de nuestras casas...

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