02 noviembre, 2008

El monje loco

Se llamó Григóрий Ефимович Распýтин (Grigori Yefimovich Rasputin) y su vida siempre fue extraña, como él. Nacido a principios de 1869 en un desolador pueblo siberiano, Pokrovskoye, el pequeño Grigori era una buena pieza. Su infancia es todo un misterio histórico, pero las pocas pinceladas que se conocen de ella van en consonancia con el resto de la vida extraña que tuvo Rasputin. Que fue, por ejemplo, un pequeño ladronzuelo, que empezó a robar por pura hambre, o que tuvo dos hermanos que fallecieron, ambos, y en momentos diferentes, ahogados en el río Tura, que baña las proximidades de Pokrovskoye.

Pero Grigori sería algo más que un mangante de pueblo. Mucho más. Todo cambió cuando, siendo apenas un adolescente, conoció la ide
ología de los misteriosos khlysty o flagelantes, una secta religiosa que creía en la venida periódica de Jesucristo a la tierra, albergándose en el cuerpo de un elegido que -adivinaron- pronto fue identificado con Rasputín. Los flagelantes, para estar más en contacto con la divinidad, solían hacer extensas y pasionales orgías que influyeron, sin lugar a dudas, en el ya de por sí primario carácter de Grigori. A partir de entonces, a su extraño aspecto físico se unió un notorio atractivo sexual por sus famosas portentosas capacidades en la materia...

Rasputin gozaba de un arrollador carisma, y esto le hizo descubrir una buena profesión de futuro: hombre santo y cuentacuentos. Compensaba, de todas todas. El que hasta entonces había sido un vulgar cuatrero descubrió que, convirtiéndose en el líder espiritual de personas de gran poder económico, se ganaba más y se subía en el escalafón social. Y cuánto, además. En 1904, Rasputin supo de la terrible enfermedad que afectaba al zarevich Alexei, la hemofilia, por medio de una de sus clientas más leales, Anna Vyrubova. Grigori se había marcado varios puntos cuando consiguió, quién sabe cómo, que ésta se recuperase de las fatales heridas que le había provocado un accidente ferroviario. Fuera como fuera el método que empleó, Annushka (como la llamaban sus conocidos), que era una de las mejores amigas de la zarina Alexandra, quedó encantada con las dotes mágicas de aquel que creía sinceramente era un hombre santo, y lo recomendó a la familia del zar.

Grigori se convirtió en confidente, médico, mejor amigo y consejero de la familia, y, dijeron algunos, en pasional amante de Alexandra, que se pasaba las horas con él. Esto no le hizo nada de gracia a muchos miembros de la sociedad rusa del momento. No gustaba al pueblo, por supuesto, oprimido por una aristocracia que, ahora, parecía haber llegado a tener tanto dinero en sus manos que lo malgastaban en curanderos comecocos como Grigori. No gustaba a la iglesia, que veía decrecer su poder y realzarse el de un supersticioso hereje, y no gustaba a aquellos que querían ascender al poder y se topaban con que, para ello, tenían que pasar primero el sesgo de aquel barbudo pueblerino que tenía carcomida la cabeza a la pareja real.

En los años de la Primera Guerra Mundial, con el zar ausente, el poder de Grigori Rasputin se incrementó hasta el punto de llegar a suplantar la figura del propio zar, y aquel al que llamaban el monje loco de la corte rusa se comenzó a permitir licencias escandalosas: beber más de la cuenta, frecuentar prostitutas, hacer más bizarras sus orgías sadomasoquistas en las que, quién sabe, participarían bastantes miembros de la familia real. Hubo muchos que quisieron acabar con él, pero sólo dos hombres lo consiguieron. Dificultosamente, pero lo consiguieron.

Se llamaban Felix Yussupov y Dmitri Pavlovich. La tarea no era fácil: Rasputin parecía tener un aguante físico extraordinario, habiéndose recuperado, años atrás, de la cuchillada en el corazón que Khionia, una prostituta despechada, le había asestado. Aquello había sido en 1914. Ahora, en 1916, Felix y Dmitri, que tenían una animadversión tanto personal como política a Grigori, lo volverían a intentar. Conociendo uno de los grandes pecados capitales (uno de los más poderosos, vaya, porque Grigori se los aplicaba todos, uno pos uno) del siberiano, la gula, decidieron atacarle por ese frente. Le invitaron, pues, a una lujosa cena en el palacio de Moika, donde residía Felix.

Grigori no podía imaginar que tanto los postres como el vino que se le sirvió en aquella cena estaban repletos de cianuro, de modo que dio cuenta abundantemente de dulces y bebida. Aunque el nivel de cianuro presente en aquellos manjares hubiera servido para tumbar a cinco hombres, Felix y Dmitri comprobaron, estupefactos, cómo Rasputin permanecía allí sentado, como una rosa, sin ningún mísero amago de dolor de estómago. Aguantó horas. Dmitri y Felix comenzaron a desesperarse esperando la muerte, que habían creído inminente, de Grigori, hasta que el mismo Yussupov decidió cortar por lo sano y asestarle un tiro en mitad de la espalda. El monje loco cayó, cuan largo era, en el suelo de palacio, en medio de un gran charco de sangre. Todo se había acabado.

¿Todo? No. Cuando se disponían a levantar el cadáver, Felix se encontró con que Rasputin volvía a abrir sus profundos y misteriosos ojos azules y, ya consciente de la trampa a la que le habían sometido, intentaba atacarle con sus enormes manos. Comenzó entonces una tremenda lucha en la que los dos hombres, ayudados de otros partidarios a los que habían llamado pidiendo socorro, intentaban darle el matarile final a un hombre que, aunque moribundo y sin apenas movilidad, se resistía a morir. Rasputin recibió al menos tres tiros más, que aparentemente le dejaron sin sentido, antes de ser tirado a las heladas aguas del río Neva.


Murió Rasputín, sí, en aquel diciembre de 1916. Pero, aunque las crónicas no lo cuenten, podemos imaginarnos sin mucho esfuerzo que el día en el que encontraron su cadáver flotando en el Neva, ni Felix ni Dmitri pudieron dormir bien: la autopsia reveló que no habían arrojado, días atrás, un cuerpo muerto al río, sino un hombre aún vivo y con la fuerza necesaria como para haber intentado nadar, que finalmente había muerto -después de haber ingerido veneno suficiente para matar a varios caballos y sufrir al menos cuatro, cuatro, disparos en el torso- de frío.

De no haber muerto, como parecía que todos los hados querían, entonces, probablemente Rasputin hubiera sufrido las consecuencias de la revolución que, meses después, se levantó en Rusia en manos de la masa del pueblo, que moría de hambre mientras la zarina lloraba la muerte de su más que probable amante siberiano. El 17 de julio de 1918, la familia real que había confiado en Grigori moría ejecutada en su totalidad en Ekaterimburgo. Volvía a ganar, después de muerto, el viejo Grigori: tal y como había sido su predicción años atrás, Rusia sufría su mayor transformación, envuelta en una nube negra e inmersa en un profundo y doloroso mar de lágrimas...


No hay comentarios: