23 marzo, 2009

Crímenes de la España Profunda: La tragedia de Baños de Montemayor

Acababa de empezar el siglo XX, y la vida en el pueblo de Baños de Montemayor era como la de todos los pueblos. Bajo el sol, en la aridez del Cáceres más rural, el trabajo diario, la rudeza, el ver irse los días. Feliciana Robles, la mujer de la fotografía, era una de las vecinas del pueblo. Malencarada y descarada, había tenido una hija sin padre años atrás. La jovencita, llamada Jenara, coqueteaba desde hacía tiempo con su vecino, el muchacho de la foto, Leandro Iglesias.

La cosa se complica si decimos que Leandro era hijo de Matías Santiago y María Simón. Él, un delincuente de poca monta de la zona, mantenía una relación extramatrimonial con Feliciana desde mucho tiempo atrás, y las malas lenguas del pueblo murmuraban que Jenara no era sino hija de su sangre. Por eso, cuando María Simón se enteró de los propósitos de su hijo de casarse con la hija de la Feliciana, se echó las manos a la cabeza. No sólo era la humillación de que el hijo que ella había parido se fuera con la sangre de quien le quitaba el marido una noche tras otra, sino que incluso ella creía a los rumores. Jenara era, posiblemente, medio hermana de Leandro. Y por eso no se podrían casar.

Pero tanto Leandro, enamorado y encaprichado de Jenara, como Feliciana, que ansiaba mejorar su posición social -y los Iglesias tenían más dinero que ella, por lo que una unión de familias le sería muy provechosa- no estaban dispuestos a dar marcha atrás. Feliciana mataría, así, dos pájaros de un tiro, al enviudar su amante. La decisión estaba tomada. La vieja llamó al inocente Leandro en una de las ocasiones en que éste había ido a cortejar a su novia e, invitándole a pasar a la pequeña cocina de la casa, le explicó el plan. Sería tan fácil como echar los polvos que Feliciana le daba en un saquito a las patatas cocidas de la comida.

Era el 11 de noviembre de 1901 cuando María Simón comenzó a sentir cólicos repentinos sin aparente explicación. Agonizaba la mujer y Feliciana se frotaba las manos cuando, inesperadamente, Matías también comenzó a sentir los estertores de la muerte. A la madrugada, los dos estaban ya muertos, envenenados por el veneno de la cicuta: la gula de Matías había hecho que éste también probara el guiso, contra todo pronóstico, y que lo que pudo pasar por muerte natural de su mujer comenzara a ser investigado.

Leandro fue detenido de inmediato, al encontrarse los restos de su plato arrojados en el patio de la casa familiar. Pocos días después, mientras se encontraba a la espera de juicio, recibió un paquete de comida enviado por la propia Feliciana que, horas después de su consumo, le produjo unos horribles dolores de estómago. Él también había sido envenenado por la vieja que, temerosa de que hablase demasiado, había decidido mandarlo también a la tumba.

A pesar de todo, el Tribunal popular decidió absolver a la vieja Feliciana, condenando a pena de muerte a Leandro. En la espera, cuentan que el joven enloqueció. En 1909, cuando ya llevaba ocho años de orfandad, la pena se le conmutó por cadena perpetua y ya no se supo más. Leandro y Feliciana se evaporaron de la Historia tan sigilosamente como habían entrado...

05 enero, 2009

Lamento de una reina destronada

Los oigo. Ahí fuera. Si arrimo el oído a las rejas de la ventana de mi celda, oigo sus macabros maullidos. Los gatos, esas malditas bestias salvajes que aguardan la más mínima oportunidad para devorar esta ya vieja carne que cubre mis huesos, porque son insaciables, porque son adictos a mi sangre desde que se alimentaron sin miramientos de la de mi padre, el traidor, de la de mi madre, de la de mi hermana, de la de mi pequeña... sí, los oigo, los oigo en las noches de luna llena que, como esta, vienen a llenarme el corazón de recuerdos.

Recuerdos de cuando aún era hermosa y fui con él hacia su última morada, sólo guiados por el brillo de alguna estrella y adormecidos por el arrullo de esa luna llena que, como esta noche, reposa, blanca y redonda, en el cielo negro. Nadie entendió que él quería que sólo yo le acompañase en el último viaje. Que, después de tanto que habíamos pasado, aceptó que yo le perdonase y se rindió a mis peticiones de siempre: que seas mío, le rogué todos aquellos años, sólo mío, que nadie más que yo yazca contigo en el cálido lecho. Como nadie lo entendió, me encerraron aquí. Decían que estaba loca, pero sólo nosotros dos sabíamos que no era locura, sino soledad. Profunda soledad al encontrarme sin el calor de su cuerpo, ese cuerpo que, siendo apens una niña, me enseñó a conocer todos los secretos de la pasión humana, que inundó todos los rincones posibles del mío, diminuto, inculto, ansioso de ser enseñado.

Él sigue conmigo aquí, aunque nadie lo vea. Mientras otros gobiernan en nuestro nombre. No necesitamos tronos, no los necesitamos, ¿verdad, amado Felipe? Sólo nos necesitamos a nosotros. Únicamente a nosotros. Yo me entrego y él es mío. Únicamente mío. Que nadie sepa que él está aquí, que nadie lo sepa, porque entonces esos malditos gatos querrán asesinar también a su recuerdo. Y el día que eso ocurra... el día que eso ocurra yo moriré...

01 enero, 2009

Veleia y los oscuros intereses

El que mucho abarca, poco aprieta. Debieron pensarlo los arqueólogos de Iruña-Veleia hace año y medio, cuando sacaron a la luz pública lo que se suponía como importante y jugoso descubrimiento de interés no sólo -lamentablemente- histórico o arqueológico, sino también político. Pero no lo hicieron.

Dijeron, por aquel entonces, haber encontrado fragmentos cerámicos de incontestable importancia, ya que no sólo mostraban algunos jeroglíficos de origen egipcio grabados en su superficie, sino también inscripciones de palabras muy similares a algunas del actual euskera e, incluso, un Cristo crucificado. Todo a la par. El yacimiento, datado entre los siglos III y VI dC, se iba a convertir así en una pieza clave de un importante giro en lo que hasta ahora se había venido creyendo en cuanto al origen del idioma vasco. Esto ya bastaría de por sí para que se produjera un boom mediático sin parangón en torno a Iruña-Veleia, pero es que además, con tal cronología, el Cristo crucificado era, sin duda, una de las más antiguas representaciones jamás conocidas. En el mundo. Y, además, tal trastoque de fechas venía a contrarrestar las teorías más sólidas acerca de la llegada del cristianismo a la zona donde se asentaba el yacimiento, y que hablaban de una consolidación del mismo no anterior a la etapa medieval.

Pueden imaginarse la reacción de la prensa ante tamaño descubrimiento, y los jugosos frotamientos de manos del equipo responsable de la excavación, que no tardó en crear una historia explicando la extraña mezcolanza de símbolos en las cerámicas descubiertas: dijeron, apenas unas semanas después del descubrimiento, que la familia propietaria, originalmente, de las cerámicas, residía en la villa que ahora es yacimiento, en las proximidades de la cual se levantaba la escuela a la que irían sus hijos y, en la cual, daba clases un maestro procedente del lejano Egipto, que no sólo enseñaba a los niños euskera, sino también doctrina cristiana. Agárrate, que hay curva.

Mucho se abarcó, pero poco se tenía apretado. Meses después de que la prensa que dio pávulo al descubrimiento se olvidara del mismo, las investigaciones a las que las piezas fueron sometidas dieron como resultado común el que las cerámicas halladas no eran sino falsos históricos realizados en la época actual, de forma burda además.

El problema no es que haya muchos que se hayan equivocado. En la ciencia, o si lo prefieren -por evitarnos la eterna discusión- en cualquier disciplina con un método científico, siempre nos equivocamos; si no lo hiciéramos, jamás podríamos avanzar ni aprender de nuestros errores. El problema es que, después de que los estudios afirmasen a rajatabla que las piezas eran falsas, algunos de los que en su día tropezaron con las ostraka de Veleia defendiendo su excepcionalidad, siguen aún hoy emperrados -sin aportar ningún tipo de prueba a favor, por supuesto- en que tienen que ser ciertas, y que hay profundos intereses ocultos en muchos para que no sea así. ¿Las razones? Como siempre, con la política nos hemos topado.

El día en que cada uno -científicos, investigadores, literatos, sabios, inútiles, políticos, economistas, aburridos funcionarios, profesores, estudiantes y estudiosos- nos dediquemos a lo que nos corresponde, sin mezclar disciplinas ni utilizar una para favorecer a la otra, ese día todas las Veleias del mundo se acabarán. No será necesario recurrir a la mentira, a la exageración o a la fantasía, y la Historia sólo se elaborará sobre una base real, para hacerla quizás más agradable a la vista, más a pie de calle. No para convencer, no para defender, no para combatir, no para esto.

19 diciembre, 2008

Los terribles actos de Díaz de Garayo, el Sacamantecas de Vitoria

Leed con mucha atención
lo que tenéis en la mano.
Así poder conocer

este suceso inhumano...


Si hacemos caso a La Vanguardia, en su edición del sábado 21 de mayo de 1881 -ya ha llovido-, la familia Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña nunca fue muy normal. Comentaban los periodistas, por aquel entonces, que el pater familias, del cual no ha trascendido el nombre, era uno de esos malos hombres de la época. Estamos en Eguilaz, Álava, una pequeña aldea de principios del siglo XXI. Familia pobre de labradores, multitud de hijos, padre borracho y mezquino. Y su prole. Dionisia, que nació en 1810, histérica, según el periodista. Florentina, en 1826, alcohólica y paridera, que tuvo nueve hijos, ocho muertos. Ramona, no se sabe la fecha, que se dedicó a vagabundear, ocho hijos, cinco muertos, uno condenado por asesinato. Cirilo, mujeriego y bebedor. Y Juan. Juan, que siempre fue el peor. El que hizo historia, pero historia negra.

Juan Díaz de Garayo había nacido el 6 de octubre de 1821 y siendo muy joven se casó con una viuda del pueblo mayor que él, lo que le dio una relativa estabilidad económica y una vida tranquila que finalizó abruptamente cuando esta mujer falleció en 1863. Garayo se casaría tres veces más, pero los matrimonios no serían, ni mucho menos, tan felices como había sido el primero. Amargado e intratable, Garayo ocultaba sus penas en el alcohol, trabajaba muy de cuando en cuando y molía a palos a sus mujeres cuando, precisamente por la falta de dinero, no podían ponerle nada en el plato, o no lo que era de su gusto. Las tres murieron prematuramente, enfermas, de la pena o de hambre. Garayo se quedó solo y, convencido ya de que no le duraban las mujeres en casa, se las buscó por fuera. Y allí, fuera, en la calle, en las sórdidas callejas de su pueblo y en los montes circundantes, fue donde empezó todo.

Era 1870. Garayo estaba a punto de cumplir los cincuenta y contrató los servicios de una pobre prostituta a la que, acabado el acto, no podía pagar. La mujer le increpó, produciéndose una tremenda discusión que acabó con Garayo estrangulando a la mujer hasta la muerte. Lejos de amedrantarse cuando vio que había asesinado a la prostituta, escondió y violó su cadáver en el monte. El monstruo acababa de despertar.

Repitió el acto de asesinar y violar el cadáver de una prostituta al menos una vez más, al año siguiente; y, al siguiente, de nuevo violó y asesinó (dicen que el orden de los factores...) a una pequeña de la localidad de no más de trece años de edad.

Nos encontramos, pues, en 1872. La carrera criminal de Garayo contaba ya con, al menos, tres muertas, cuando decidió ir a por la cuarta: una muchacha a la que los avatares de la vida habían llevado a la prostitución, y a la cual estranguló y en cuyo corazón clavó varias veces una horquilla del pelo que la desdichada llevaba aquel día. El labrador descubrió entonces lo mucho qué le excitaba ver correr la sangre, ver a sus víctimas muriendo poco a poco mientras se les iba el fluido vital de sus cuerpos. En 1879, las andanzas de Garayo llegaron a su culmen. Después de varios intentos a diversas mujeres del pueblo que consiguieron escapar de sus garras, apuñaló a su quinta víctima para después violarla. La sexta víctima, aquel mismo año, fue la más conocida y su crimen más sádico. Ella tenía cincuenta y dos años, era pobre como las ratas y honrada, y su único delito fue cruzarse por el camino del asesino a la hora justa en el que éste buscaba saciar su sed de sangre. Fue estrangulada con su propio delantal, destripada, descuartizada, violado su cadáver.

Mientras tanto, el pueblo y sus alrededores temblaban de terror. Decían que el asesino, al que sólo unas pocas afortunadas habían visto la cara antes de salvarse de una muerte segura, quitaba las grasas de sus víctimas para utilizarlas como aceite y combustible culinario. De ahí surgió el apodo Sacamantecas, que las niñas de la época aprendieron a temer y respetar. Garayo escapó de la zona en cuanto comenzaron a extenderse los rumores de jovencitas aterrorizadas que describían a su atacante como un hombre muy parecido a él.

Padre, qué criado tan feo has traído, ¡parece el Sacamantecas!, cuentan que musitó una niña que, afortunadamente, nunca había visto en su vida al susodicho, cuando contempló el rostro amargado y envejecido prematuramente de Juan Díaz de Garayo. Era finales de 1879, y sólo faltaban unas semanas para que un simple alguacil, Pío Pinedo, reconociera también en las facciones de aquel hombre anónimo los rasgos que había leído en los testimonios de las supervivientes y le llevara arrestado. Díaz de Garayo lo confesó todo. España se conmocionó.

Incluso después de su ejecución por garrote vil en 1880, los niños de todo el país siguieron dando vueltas en sus camas de noche pensando en la posibilidad de encontrarse con el Sacamantecas de Vitoria. Dicen que las personas que han sido muy buenas, o muy malas, dejan allá por donde pasen un aura de bondad o de maldad que resiste al paso de los años. Supongo que Garayo fue una de esas personas, que la tinta de los diarios de aquella España que comenzaba a leer llevaron a cada uno de los rincones de nuestras casas...

Fuentes: 1 2 3 4 5 6 7