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05 enero, 2009

Lamento de una reina destronada

Los oigo. Ahí fuera. Si arrimo el oído a las rejas de la ventana de mi celda, oigo sus macabros maullidos. Los gatos, esas malditas bestias salvajes que aguardan la más mínima oportunidad para devorar esta ya vieja carne que cubre mis huesos, porque son insaciables, porque son adictos a mi sangre desde que se alimentaron sin miramientos de la de mi padre, el traidor, de la de mi madre, de la de mi hermana, de la de mi pequeña... sí, los oigo, los oigo en las noches de luna llena que, como esta, vienen a llenarme el corazón de recuerdos.

Recuerdos de cuando aún era hermosa y fui con él hacia su última morada, sólo guiados por el brillo de alguna estrella y adormecidos por el arrullo de esa luna llena que, como esta noche, reposa, blanca y redonda, en el cielo negro. Nadie entendió que él quería que sólo yo le acompañase en el último viaje. Que, después de tanto que habíamos pasado, aceptó que yo le perdonase y se rindió a mis peticiones de siempre: que seas mío, le rogué todos aquellos años, sólo mío, que nadie más que yo yazca contigo en el cálido lecho. Como nadie lo entendió, me encerraron aquí. Decían que estaba loca, pero sólo nosotros dos sabíamos que no era locura, sino soledad. Profunda soledad al encontrarme sin el calor de su cuerpo, ese cuerpo que, siendo apens una niña, me enseñó a conocer todos los secretos de la pasión humana, que inundó todos los rincones posibles del mío, diminuto, inculto, ansioso de ser enseñado.

Él sigue conmigo aquí, aunque nadie lo vea. Mientras otros gobiernan en nuestro nombre. No necesitamos tronos, no los necesitamos, ¿verdad, amado Felipe? Sólo nos necesitamos a nosotros. Únicamente a nosotros. Yo me entrego y él es mío. Únicamente mío. Que nadie sepa que él está aquí, que nadie lo sepa, porque entonces esos malditos gatos querrán asesinar también a su recuerdo. Y el día que eso ocurra... el día que eso ocurra yo moriré...

01 enero, 2009

Veleia y los oscuros intereses

El que mucho abarca, poco aprieta. Debieron pensarlo los arqueólogos de Iruña-Veleia hace año y medio, cuando sacaron a la luz pública lo que se suponía como importante y jugoso descubrimiento de interés no sólo -lamentablemente- histórico o arqueológico, sino también político. Pero no lo hicieron.

Dijeron, por aquel entonces, haber encontrado fragmentos cerámicos de incontestable importancia, ya que no sólo mostraban algunos jeroglíficos de origen egipcio grabados en su superficie, sino también inscripciones de palabras muy similares a algunas del actual euskera e, incluso, un Cristo crucificado. Todo a la par. El yacimiento, datado entre los siglos III y VI dC, se iba a convertir así en una pieza clave de un importante giro en lo que hasta ahora se había venido creyendo en cuanto al origen del idioma vasco. Esto ya bastaría de por sí para que se produjera un boom mediático sin parangón en torno a Iruña-Veleia, pero es que además, con tal cronología, el Cristo crucificado era, sin duda, una de las más antiguas representaciones jamás conocidas. En el mundo. Y, además, tal trastoque de fechas venía a contrarrestar las teorías más sólidas acerca de la llegada del cristianismo a la zona donde se asentaba el yacimiento, y que hablaban de una consolidación del mismo no anterior a la etapa medieval.

Pueden imaginarse la reacción de la prensa ante tamaño descubrimiento, y los jugosos frotamientos de manos del equipo responsable de la excavación, que no tardó en crear una historia explicando la extraña mezcolanza de símbolos en las cerámicas descubiertas: dijeron, apenas unas semanas después del descubrimiento, que la familia propietaria, originalmente, de las cerámicas, residía en la villa que ahora es yacimiento, en las proximidades de la cual se levantaba la escuela a la que irían sus hijos y, en la cual, daba clases un maestro procedente del lejano Egipto, que no sólo enseñaba a los niños euskera, sino también doctrina cristiana. Agárrate, que hay curva.

Mucho se abarcó, pero poco se tenía apretado. Meses después de que la prensa que dio pávulo al descubrimiento se olvidara del mismo, las investigaciones a las que las piezas fueron sometidas dieron como resultado común el que las cerámicas halladas no eran sino falsos históricos realizados en la época actual, de forma burda además.

El problema no es que haya muchos que se hayan equivocado. En la ciencia, o si lo prefieren -por evitarnos la eterna discusión- en cualquier disciplina con un método científico, siempre nos equivocamos; si no lo hiciéramos, jamás podríamos avanzar ni aprender de nuestros errores. El problema es que, después de que los estudios afirmasen a rajatabla que las piezas eran falsas, algunos de los que en su día tropezaron con las ostraka de Veleia defendiendo su excepcionalidad, siguen aún hoy emperrados -sin aportar ningún tipo de prueba a favor, por supuesto- en que tienen que ser ciertas, y que hay profundos intereses ocultos en muchos para que no sea así. ¿Las razones? Como siempre, con la política nos hemos topado.

El día en que cada uno -científicos, investigadores, literatos, sabios, inútiles, políticos, economistas, aburridos funcionarios, profesores, estudiantes y estudiosos- nos dediquemos a lo que nos corresponde, sin mezclar disciplinas ni utilizar una para favorecer a la otra, ese día todas las Veleias del mundo se acabarán. No será necesario recurrir a la mentira, a la exageración o a la fantasía, y la Historia sólo se elaborará sobre una base real, para hacerla quizás más agradable a la vista, más a pie de calle. No para convencer, no para defender, no para combatir, no para esto.

01 diciembre, 2008

Antonieta y los complejos

¿Complejos? Oh, claro que no. Ni uno sólo. Quizás, más que complejos, sea memoria. Quizás, a la vez, empatía.

Verán. Les voy a explicar por qué con una historia de las mías. Hablaré esta vez de mi tía bisabuela, Antonieta. Murió hace seis años, una fría mañana de febrero, superados los noventa, en un hospital madrileño. Nació hace noventa y siete, en 1911. Fue la primera niña de un porrón de críos, así que la madre de la que heredó el nombre (la madre, Antonie, consintió en españolizarlo a María Antonia) organizó un bautizo para el recuerdo. Pero esa no es la historia.

Antonieta, que así la llamaban todos, creció. Y se convirtió en una mujer de salvajes ojos azules, grande y con cara de mala hostia como la madre que la había parido. Como había visto a la gente trabajar en su casa toda la vida, siendo adolescente, y sin que le hiciera falta para mantenerse, comenzó a servir de ayudante de farmacia. Pasaron los años, y a principios de los 30 había conseguido ascender hasta ser la ayudante principal del otorrinolaringólogo Nicanor Ron Magdalena. Que no era poco, teniendo una educación básica. Y entonces, cuando ganaba un buen sueldo y tenía un trabajo estable, pasó lo que suele pasar: se enamoró.

Perdidamente. Como una loca. De un pintor de poca monta que vino a acondicionar una de las salas de la consulta, un niño mimado llamado Casimiro que se la llevó al huerto pronto y la hizo pasar por el altar en plena revolución de Octubre. Asturias prendía llamas, y Antonieta era feliz como una lombriz porque él la quería. Y él, como buen paisanón de la época, la retiró y la metió en su señora casa, aunque el sueldo de ella era más alto, y le hizo dos críos. Y, en medio de la guerra, años después, van y lo meten en la cárcel. Condena de muerte. Por rojo.

Caos en casa. Antonieta que mueve cielo y tierra. Con los dos críos bajo las faldas, hace llamadas, contacta con embajadores, camela al cuñado, recto falangista de pro, hace papeles, lleva cestas de comida a la cárcel, paraliza el mundo. Al final, por mediación de la amistad personal de la familia con el ex-embajador de Austria-Hungría, y los contactos del cuñado, la pena de muerte le es conmutada a Casimiro y vuelve a casa... o no. Porque resulta que el muy cabrón decide -eso sí, cuando ya ella ya había hecho todo lo inimaginable para salvarle la vida- que no está preparado para una relación seria y se vuelve a casa de mamá, dejando a Antonieta con un chasco de narices, los papeles de conmutación de la pena capital en casa y los críos pidiéndole comida, por favor, mamá, tenemos hambre.

Al tema: Antonieta se pasa una semana, una, llorando como una magdalena. Empieza en lunes y acaba en domingo, porque es entonces cuando decide que se acabó la tontería. Agarra críos, valor, se mete las lágrimas en un rinconcito apartado del corazón y se va, después de la guerra, a pedir trabajo. Sirve como chacha. Coge varios trabajos a la vez. Los deja cuando sale algo mejor. Lucha. Saca a los críos adelante. Pelea. Se agarra a la vida.

Consigue un trabajo en el negocio de un anticuario, como ayudante, y poco a poco va adquiriendo responsabilidades. Antonieta sabe administrar, lee y escribe bien, sabe matemáticas, y eso, en la época, es un plus. No le importa hacer horas extras, ni sudar, ni madrugar para ir al trabajo. Al anticuario le gusta su labor, la hace ama de llaves; cuando se pone enfermo, le confía el cuidado del negocio y de la casa. Antonieta se pasa trabajando décadas para darle a sus hijos una buena formación; ella se mete a monja, y a maestra, él se hace arquitecto.

Está en Barcelona cuando muere su padre. No puede asistir al entierro, le llora en silencio. A su madre llega justo para verla irse, años después, de su vida. Con el dinero que ha ahorrado todos esos años, alquila una casa para que su hermana, con apenas cincuenta años, pueda morir -víctima de un cáncer que le corroe las entrañas- en España, después de décadas de exilio en Francia. Y una vez más vuelve a intervenir en las autoridades para que a ella no le ocurra nada. Y sigue trabajando. Trabaja hasta que su hija no la deja trabajar más, con casi 90 años, porque se está muriendo. Hasta entonces, Antonieta mueve contactos, administra obras de artes, las vende, las compra, las valora con sabiduría, sigue luchando. Muere.

Y, a lo largo del desarrollo de toda esta historia que duró más de medio siglo, la mayoría de la gente sólo sabía decir que el dinero que tenía Antonieta para vivir de forma desahogada, sola y con sus hijos, se lo había ganado, seguro, de puta.

Por eso, queridos, si digo -en pleno 2008- que ya me sabré buscar la vida solita y que no necesito buscar una relación con un hombre que me mantenga, que yo las relaciones las establezco por otras muchas causas (amor, sexo, simpatía, o porque sí), créanme: no son complejos.

Es mantener en pie la dignidad de miles de mujeres como Antonieta. Y la mía propia.

28 noviembre, 2008

La loca de la Place Vêndome


Tal día como hoy, en 1899 (ciento nueve años se dice pronto, ¿verdad?) murió una vieja loca. Encontraron su cadáver pequeño y marchito en el pequeño apartamento donde vivía desde hacía tiempo, en la parisina Place Vêndome, y la enterraron sin pena, ni dolor, ni lamentos, ni gloria. A pesar de la evidente procedencia aristocrática de aquella anciana, pocos querían alternar con ella y, de hecho, ella no quería alternar con nadie. La vieja sólo salía durante la noche, y malvivía en aquel fúnebre apartamento con los cristales de las ventanas ahumados y las paredes pintadas de negro intenso. Ni un solo espejo en su casa. Moría, pues, aquel 28 de noviembre de 1899, la vieja loca de la Place Vêndome, y quizás mientras sacaban su cadáver hacia la carroza mortuoria, algún anciano que pasase por allí recordó súbitamente a quién había albergado, hacía años, aquel cuerpo seco. El ataúd con el que fue enterrada en Père Lachaise contenía, sí, la castigada carcasa de la bella Castiglione.

Se llamaba Virginia Oldoini y de niña la habían apodado Nicchia, pero su infancia no duró mucho. En 1854, cuando tenía apenas 17 años, sus padres la casaron con el conde de Castiglione, a la sazón de 30 años y que le había hecho un hijo antes de que Virginia se diera cuenta de lo muy hermosa que era. Se lo hizo saber un fotógrafo llamado Pierre-Louis Pierson, que comenzó haciéndole retratos y terminó tomándole fotos fetichistas: pies desnudos -todo un escándalo para la época-, máscaras, disfraces, misterio. Virginia era preciosa, con su cuerpo bien torneado, su melena rubia y sus ojos intensamente verdes, las facciones bien definidas, los pechos amplios.

No tendría ni 20 años cuando conoció a Napoleon III, y no tardaría ni un par de horas en llevárselo a la cama, para disgusto de el conde de ella y la emperatriz de él. La relación, tórrida y sexual, duró apenas un par de escandalosos años. El francés puso fin a la relación con cajas destempladas cuando se enteró que Virginia andaba en negociaciones con el gobierno italiano, y que las charletas políticas que tenía con él en el lecho no eran mero interés, sino espionaje en toda regla. Para aquel entonces ya era llamada la mujer del sexo de oro imperial y por su lecho pasarían hombres de enorme relevancia sociopolítica procedentes de toda Europa.

Hasta que envejeció y encerró sus recuerdos en una caja de latón que escondió entre paredes tan negras como un tizón.

Cuentan que, en la noche de aquel 28 de noviembre de 1899, mientras la ajada coraza de quien había sido la mujer más bella de Italia reposaba ya por siempre en el cementerio de Père Lachaise, vieron a un grupo de gendarmes salir del piso de la vieja loca de la Place Vêndome con una caja bajo el brazo. Cuentan que fueron a un lugar secreto donde forzaron la caja y quemaron todos los papeles que ocultaba ésta: fotografías, cartas, pasionales palabras. Cuentan, también, que entre el fuego desapareció la caligrafía de reyes, de emperadores, de empresarios y también, dicen que comentaron, de algún Papa.

Todos aquellos peligrosos secretos de Estado quedaron encerrados en unos ojos de color verde esmeralda que, tal día como hoy, hace ciento nueve años, se cerraron para siempre.

23 noviembre, 2008

María Luisa, la reina niña

Nada tiene que ver el hecho de que María Luisa Gabriela de Saboya hubiera nacido entre algodones, en aquel Turín de 1688, de la semilla del rey de Sicilia y el vientre de toda una princesa de Orléans, con el que no le robasen la infancia, pues eso, precisamente, fue lo que hicieron. Cómo, si no, explicar de otra forma el hecho de que la casasen con apenas 12 años y medio con un hombre -el nuevo rey de España, Felipe V- al que ni siquiera conocía. María Luisa aún jugaba con muñecas, y seguía jugando con ellas cuando, un año y medio después, le vino la primera menstruación y, con ella, la obligación -ahora sí- de yacer con un marido que ella veía más como un compañero de juegos con el que se divertía correteando por palacio y jugando al escondite y al cucú.

Cuentan que aquella primera noche, ella de catorce añitos, el rey de diecisiete, al averiguar las intenciones del ansioso Felipe, María Luisa rompió en un llanto histérico y comenzó a proferir maldiciones en italiano. El rey interpretó de muy mala educación y de mucha niñería el que la airada princesita le echase de su cuarto en paños menores, sollozando como un bebé y rogándole a sus damas que la llevaran de vuelta a su adorado Turín, que le trajeran sus muñecas y que la dejasen arrebujarse bajo las faldas de su madre, ahora tan lejana. Lo fue, sin duda; así como el hecho de que la princesa se pasase tres días, tres, encerrada en su cuarto, negándose a recibir a nadie... ¿pero qué se puede esperar de una niña, más que niñerías?

La niña, de todos modos, creció. Y creció sexualmente de una manera tal que todo el reino -y todo el extranjero- murmuraba, tan sólo unos meses después de aquel primer incidente, que el cumplimiento de los deberes conyugales de los reyes podría ser hasta excesivo, y que los modales de la muchacha eran, cuanto menos, escandalosos... ya que se negaba a ocultar sus pies con el tontillo, a la moda española, e iba luciéndolos por ahí de forma descarada e insinuante.

Cuando murió, víctima de una pertinaz tuberculosis, con apenas 25 años, María Luisa ya no jugaba con muñecas y había parido cuatro hijos. Poco quedaba de aquella niña rechoncha cuyos ojos se encharcaban de lágrimas al recordar el bello Turín que la vio nacer: a quien le tocaba llorar ahora, desconsolable, era a un rey viudo que ya nunca más jugaría al cucú.

09 noviembre, 2008

De Wu Chao (624-705)

Cuando Wu Chao vino al mundo, en una fría tarde del año 624, su padre montó en cólera. Otra niña a la que mantener. Otra mujer por la que, tras años de manutención, habría que pagar porque se biencasara y se fuera de casa. Otro ser inferior que nunca haría nada de provecho, ni llevaría el honor a la familia, ni la riqueza, ni nada. Efectivamente, el padre de Wu Chao conocía bien la sociedad china. En aquella época (y hasta hace bastante poco), las mujeres eran seres secundarios que una familia noble podía permitirse tener, pero que jamás tendrían posibilidades para conseguir todo aquello que estaba reservado a los hombres.

Pero si estamos hablando hoy aquí, casi mil cuatrocientos años después, de Wu Chao, es porque ella sí lo consiguió.

La joven se autoeducó, en una época en la que las niñas -ni siquiera las nobles- no recibían ningún tipo de formación, hasta convertirse en una adolescente culta, y -eso lo hizo la naturaleza- bella. Por ello el padre decidió mandarla como integrante del harén del viejo emperador Tai Tsung, al que le faltaba poco para morir. La joven Wu poco tenía que hacer con el anciano, pero supo arrimarse bien a su hijo, Kao Tsung, que ya tenía esposa y concubina. A pesar de que pronto se convirtió en la favorita del futuro emperador, éste sólo podría aceptarla, como mucho, como segunda concubina, protocolo mandaba.

Al morir Tai Tsung, sus concubinas -incluida Wu- sufrieron el castigo que se les imponía a aquellas que lo hubieran sido del emperador muerto. La tradición mandaba. Wu fue rapada al cero y encerrada, pero el amor pasional que ya sufría Kao Tsung por ella hizo que el nuevo emperador se colase muchas veces en su celda hasta que, en 654, Wu parió un hijo varón. A partir de entonces todo son sospechas, alentadas por amigos y enemigos, pero que dejan translucir un hecho innegable: las tres mujeres, esposa, concubina y concubina no oficial, emprendieron una guerra por el poder, ya que el amor de Kao Tsung ya estaba bien a salvo en el corazón de Wu. Algunos cuentan que Wu llegó a asesinar a su bebé para culpar a las otras dos mujeres, otros, que realmente fueron ellas las asesinas. La cuestión fue que en 655, de un modo u otro, esposa y concubina fueron misteriosamente asesinadas y Wu consiguió, por fin, casarse con Kao Tsung.

Wu se fue deshaciendo poco a poco de todo aquel que le supusiera un estorbo. Al hijo de la antigua concubina del emperador lo envió como embajador a otras tierras, a su sobrina la envenenó y los dos hijos que había tenido con el emperador después del primer bebé muerto fueron, el uno, exiliado, y el otro, declarado incapaz. En 660, con 38 años, Kao Tsung sufrió una enfermedad que le postró en la cama, casi vegetal. Ahí fue donde Wu Chao tomó el poder. Logró lo que no había logrado nunca antes ninguna mujer, con métodos no demasiado diplomáticos, es cierto, pero... ¿es que acaso los hombres que accedían al poder en la China de aquella época no empleaban estrategias similares sin que nadie se echase las manos a la cabeza? El emperador falleció en 663, y Wu Chao fue proclamada emperatriz.

La aprobación de la libertad de cultos, la expansión de china con la conquista de la actual Corea, el desarrollo de culturas y artes, de la ciencia y de la sanidad, de la educación y la creación de nuevas leyes más favorables a la mujer fueron, a grandes rasgos, el producto del largo mandato de Wu Chao, que fue extremadamente longeva para la época, ya que falleció en 705, cuando tenía la friolera de 81 años... 81 años de hace, claro, mil trescientos años.

Cuentan (y nunca se sabrá si fue verdad o mentira) que seis años antes Wu Chao había creado un harén de concubinos para ella, ante el escándalo de la misma sociedad que consideraba perfectamente normal la existencia de harenes de concubinas para los emperadores varones. Cuentan, y jamás sabremos si fue real o una invención de sus enemigos, que durante el casi medio siglo que duró su mandato Wu Chao, ésta ordenaba a sus visitantes que la saludaran... lavándose la boca y haciéndole un cunnilingus.

De armas tomar. Y, en caso de que lo que cuentan sea real, extremadamente avispada...

Fuentes : 1 | 2 | 3 |

06 noviembre, 2008

El pueblo quiere votar

Toma, y tanto que quería votar. El titular es de Voluntad, el diario de las FET y las JONS en Gijón, el 27 de noviembre de 1960. Eran las municipales, era la democracia orgánica y eran otros tiempos. Se elegían cinco concejales, se presentaban trece: Juan Manuel Benguria Cardenal, Segundo Cabrero Rodríguez, Rafael del Canto Fernández, Julio Díaz Bernedo, Claudio Fernández Junquera, Dámaso Fernández Sánchez, Pedro García-Rendueles Aguado, Carlos González Orbón de Soto, José Medina Menéndez, Javier Loring Guilhou, Wenceslao Moré Cors, José Antonio Presedo Vázquez y José Rodríguez Amado. Todos del mismo lado. Y se votaba en tres veces : una, los sindicatos (efectivamente, todos del mismo lado también), otra, las asociaciones, y otra, el pueblo. El pueblo quiere votar...

... pero el pueblo sólo estaba representado, claro, por los cabezas de familia. La mayoría del pueblo quería votar, claro. Pero no podía. *

* Es algo básico en nuestra historia, sí... pero no viene mal recordarlo de cuando en cuando, porque a algunos parece que se les olvida con una frecuencia pasmosa.

28 octubre, 2008

Yo soy vuestra pesadilla

Yo soy una de esas personas para quienes todo lo relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo… si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla.

Hay un lugar a la rivera derecha del bello Loira, en Francia, que destila una magia infinitamente triste, porque también hay magias de tristeza y, de hecho, todo el valle del Loira está lleno de ellas: quien lo haya visitado (si el lector no lo ha hecho aún, ¿a qué espera?) sabe que sus castillos, aunque muy hermosos, destilan soledad, nostalgia de los tiempos en los que estuvieron vivos. Pero hay un lugar, como digo, un lugar concreto en el que esa magia triste común en la zona se realza hasta límites insospechados: las ruinas del castillo de Champtocé sur Loire.

Allí, hace 405 años, nació Gilles de Rais, un niño maldito que quiso tenerlo todo y, como es frecuente si se dispone del dinero y el poder suficiente, lo tuvo. Desgraciadamente.

A nada ni nadie se puede culpar directamente de todo lo que ocurrió más que al mismo Gilles. Él había nacido así. Cuentan, claro, porque los seres humanos somos tan tontos que siempre necesitamos tener un por qué para todo -incluso para lo inexplicable- que parte de la culpa la ocasionó Jean de Craon, su abuelo, un noble de carácter dictatorial y cruel que se hizo cargo de él al morir sus padres. Otros dijeron que, de hecho, al pequeño Gilles le había impactado profundamente la sangrienta muerte de su padre, herido por un animal salvaje estando de caza y al que vio agonizar destripado. ¿Quién sabe? Hay pocos datos a los que agarrarse, y las murmuraciones casi nunca son de fiar. Además, discutir sobre qué causó todo sería entrar en esa vieja discusión de si el psicópata nace o se hace. Que discutan los expertos: yo me limitaré sólo a contar lo que sé. Y cada cual que juzgue para sus adentros, porque a Gilles, afortunadamente, ya lo han juzgado, tanto los hombres como la historia.

Al tema. Gilles se aficionó muy pronto, siendo casi un niño, a la vida militar. Puso tanto empeño en convertirse en un gran guerrero que no tardó en conseguirlo. Fue armado caballero con tan sólo catorce años, y luchó en una guerra de verdad (concretamente en los últimos coletazos de la Guerra de Sucesión Bretona, que aunque había acabado medio siglo antes seguía teniendo pequeños focos de insurrección) poco después. No había nada que le apasionara más que la guerra. Pronto, siendo apenas un adolescente, consiguió que su ejército le admirara por el arrojo y la valentía que demostraba en la lucha. Sólo le faltaba una cosa: una mujer que le esperara paciente, un reposo del guerrero, alguien que le diera sucesión.

Para Gilles eso fue tarea más difícil que la de labrarse una carrera militar. Desde que tenía uso de razón se había sentido atraído, si es que había que circunscribir la atracción a las personas y excluir el combate, más por los hombres que por las mujeres. No era nada que no se supiera. Por ello, cuando obligó a su prima Catherine de Thouarscon a casarse con él a la fuerza (él tenía 17 años, ella tan sólo 15), la familia de ella montó en cólera. Gilles no era para nada diplomático: solucionó el asunto recluyendo a su suegra en una prisión, a pan y agua, hasta que ésta diera el visto bueno a la unión de su pequeña con su sádico primo. De tods modos, aquella relación estaba abocada al fracaso. Marie, la pequeña que les nació, no conoció a su padre: separados al cabo de unos pocos años de matrimonio, Catherine y Gilles se habían olvidado mutuamente. Él adquirió poder, tanto poder que no le hacía falta una esposa para preservar su posición social. Ella supo huir a tiempo.

El tiempo más feliz de la vida de Gilles de Rais llegaría sobre 1430, cuando rondaba el cuarto de siglo. Fue entonces cuando conoció a Jeanne d'Arc, la valiente Juana, con la que compartió armas y bando liberando Orlèans de los ingleses. Poco importan los motivos políticos que ya han sido más que explicados: ha quedado claro que para Gilles, al menos, lo que le movía no era un sentimiento ideológico de ningún tipo, sino tan sólo la batalla. Hizo buenas migas con Jeanne, a la que admiraba profundamente. Aquellos años le hicieron triunfar: Orlèans se liberó en una semana, proclamaron a Gilles mariscal (el más joven hasta la fecha) y, al fin, encontró a alguien con quien poder compararse en igualdad en el campo de batalla. Pero todo lo bueno suele ser breve. Esta temporada de su vida también. En 1431, Jeanne fue procesada y condenada a morir en la hoguera; como todos sabemos ya. Esto destrozó a Gilles, especialmente el hecho de no haber podido ayudar a su compañera a huir el día de su ejecución. El Gilles de Rais que había habido hasta la fecha comenzó a convertirse, entonces, en el monstruo que pasó a la historia.

En 1432, Gilles dejó la lucha armada cuando su protector, La Tremoille, cayó en desgracia. Se retiró a vivir en solitario, ya que ese también fue el año en el que su abuelo murió. Todo se desbocó entonces.

Sin nada que hacer, Gilles se dio a los peligrosos placeres de la ostentosidad. Sin haber cumplido siquiera los treinta años, sufrió varias obsesiones. La búsqueda de la piedra filosofal, por la cual despilfarró cantidades ingentes de dinero contratando importantes científicos, alquimistas y charlatanes; los autómatas, de los que llegó a tener legión; la música, una afición tesmesurada que le hacía remover cielo y tierra para llevar a su cama a los más prestigiosos cantantes de la época y llenar su casa de órganos que ordenaba tocar día y noche.

No se equivoque el lector. Para el pueblo y los sirvientes, Gilles no era un mal hombre. Tiránico a veces, sin lugar a dudas, pero dadivoso y benefactor. A sus cenas multitudinarias estaban invitados todos, a sus obras de teatro de dimensiones pantagruélicas, a dormir en sus castillos. No se sabe exactamente el moment en el que Gilles metió por primera vez a un niño en su casa. No se saben nombres. Sólo se sabe que lo hizo. Y que la sangrienta pasión que sentía por la muerte, por la tortura y por las más diversas aberraciones fue, junto al despilfarro demencial de dinero y lujos, la que le hizo caer en desgracia. Puede que todo empezara, como dicen algunos, cuando de Rais se obsesionó por el satanismo y se hubo de buscar víctimas para los sacrificios. En todo caso, la mayoría de asesinatos que Gilles cometió tenían un carácter marcadamente sexual, propios tan sólo de un monstruo sin ningún tipo de moral.


Éste es el Château Tiffauges, en la actualidad. Fue el castillo donde Gilles de Rais, a partir de los últimos años de la década de 1430, cometió la mayoría de sus crímenes. El modus operandi era sencillo, y basado, fundamentalmente, en las ventajas de ser noble: dos sirvientes de gran lealtad a de Rais buscaban chiquillos (nunca pasando de la adolescencia) por las aldeas cercanas, ofreciéndoles a los padres una oferta que no podían rechazar: un trabajo estable como sirvientes para el señor de Rais, educación y manutención totalmente gratuita. Los ahogados padres, que apenas si tendrían para alimentarse a sí mismos y a una cohorte de críos espectacular, siempre aceptaban, sin saber que el momento de ver partir al hijo sobre los hermosos caballos del señor sería la última imagen que tendrían ya de éste.

Sería imposible decir todas las aberraciones que, con el tiempo, Gilles y sus lacayos confesarían haber hecho a todos aquellos niños durante ocho largos años. Muchos niños eran colgados de ganchos sobre la pared, otros tantos degollados, indistintamente antes, durante o después de ser violados por Gilles. Las cabezas solían ser colgadas en filas de picas dispuestas en los grandes salones del castillo, para que el señor se solazara con su visión, especialmente con las de más hermosas facciones.

Cuentan que, tras la euforia del crimen, solía venir el arrepentimiento. Gilles sufría de un marcado trastorno bipolar: a veces era un sádico monstruoso, otras lloraba amargamente sus pecados y prometía reformarse. Nunca lo hizo, de todas maneras. Cuando todo fue demasiado evidente (unos mil niños habían desaparecido en las proximidades durante aquellos ocho años), tampoco lo hizo.

Gilles de Rais fue capturado, con el beneplácito de su hermano René, espantado por las atrocidades que sospechaba estaba cometiendo su hermano, el 15 de septiembre de 1440, ante los desesperados llamamientos a la justicia que el pueblo llevaba haciendo desde hacía unos años. En los primeros juicios no reconoció su culpa, pero cometió el error de que, en uno de sus cambios de humor, sintió la necesidad de confesarlo todo. De confesar sus deseos inhumanos, sus placeres prohibidos, todo. Confesó, en aquel momento, que a veces se bebía la sangre de aquellos pobres inocentes. Que los cadáveres de éstos eran descuartizados, destripados para su propio goce, calcinados y enterrados en los sitios más escondidos de los jardines del castillo.

El 26 de octubre de 1440, cuando la sangre de Gilles de Rais y sus dos fieles sirvientes corrió por los verdes prados de Nantes, decapitados por sus pecados intolerables, Francia aprendió, estupefacta, que nadie está libre de culpa. Ni siquiera los más valerosos y bellos héroes de guerra.

27 octubre, 2008

Adolf, el rey glotón



Adolf Fredrik de Holstein-Gottorp y Baden-Durlach fue hijo, nieto, padre, abuelo de reyes y rey él mismo. Nacido en la Suecia de 1710, su vida como tal no fue demasiado cansada. Adolf Fredrik era de carácter pausado y tranquilo y no le importaba demasiado perder poder si eso representaba trabajar menos. Ante una personalidad tal, su matrimonio con la princesa Lovisa Ulrika de Prusia fue providencial: Lovisa, diez años menor que Adolf, era mandona y dominante. La joven princesa venía de Prusia, donde la monarquía era de tipo absoluto, y se quedó estupefacta ante la relajación de la vida política del rey en Suecia, su nuevo hogar. En el frío país sueco quien mandaba no era él, sino el parlamento, algo que Lovisa no iba a tolerar: llegó a organizar un golpe de estado, finalmente sofocado (el absolutismo no tardaría en llegar, de todos modos, de manos del futuro rey, su hijo), para dar mayor poder a la figura de la monarquía; revitalizó la corte y tomó todas las decisiones que debía haber tomado, como rey, su marido.

Mientras tanto, él sonreía y aceptaba todo lo que su amante esposa hacía y decía, con tal de que le dejasen en paz. Era un rey, como se suele decir hoy en día, campechano y simpaticón, que obtenía placer de las pequeñas cosas… como hacer pequeñas cajitas para el rapé, o simplemente comer. Poco se supondría él, o la misma Lovisa, enfrascada en sus asuntos de estado, que sería precisamente eso lo que le llevaría a la tumba.

Efectivamente, el 12 de febrero de 1771 el rey se metió entre pecho y espalda una comida pantagruélica, más que a las que estaba habituado (que tampoco eran, desde luego, moco de pavo). Entre otros platos, la comida consistió en una deliciosa combinación de:

· Caviar,
· chucrut,
· langosta,
· pescado ahumado (kipper),
· champán,
· pastelitos semla,
· leche caliente

La muerte le sobrevino pocas horas después, en medio de fuertes dolores estomacales. Desde luego, lo de comer hasta reventar, en algunos casos, no es sólo una expresión…

26 octubre, 2008

La dulce Geli



Cuando Geli llegó a la casa de su tío Adolf, con una mano delante y otra detrás, asumió que todo lo que había vivido hasta entonces -tenía diecisiete años- había de desaparecer. Del pasado tan sólo le quedaban su madre, Angela, y su hermana Elfriede. El padre había muerto, sus amigas se habían quedado lejos y el dinero se había esfumado. Las tres mujeres llegaron al apartamento de Adolf, un ambicioso político que poco a poco había logrado hacerse con el control del Partido Nazi, para servirle de criadas. En aquellos años (los últimos de la década de los 20) la casa de Adolf Hitler era un hervidero de gente que entraba y salía, que debatía y pactaba, que conspiraba y aspiraba. Geli aprendió a pasar desapercibida, tan grandota como era ella, tan rubia, tan fuerte, ante las compañías de su tío y jefe. Se hizo transparente. Tan transparente que fue incapaz de ver que, cada vez que servía la cena a su tío y las visitas del día, éste le miraba con ojos de deseo.

Él pasaba de los 40. Ella era una adolescente. Y la presencia continua, en la casa, del joven Emil, de no más de treinta años, un muchacho desgarbado, flaco y con ojos brillantes, hizo que ocurriera lo que tenía que ocurrir. Geli se enamoró perdidamente de aquel muchacho, que servía como chófer y hombre de confianza al tío Alf.

El idilio entre los dos, jovencita y muchacho, pronto fue público. Y eso no le gustó nada a Adolf, a pesar de que su carisma sin precedentes -y el poder que, poco a poco, iba ganando en un país arrasado por los desastres de la guerra, en un país ansioso de creer en quien fuera, de soñar en ser lo que había dejado de ser- le hacía tener a todas las mujeres, jóvenes o maduras, que él deseara. Eva, la favorita, tenía apenas dos años más que Geli y, desde su puesto como secretaria, se arrodillaba a los pies de su jefe siempre que éste lo deseara. Pero Adolf se obsesionó con su bella sobrina, de cara redonda y pizpiretos ojos azules, hasta llegar a la sinrazón. Emil fue despedido de forma fulminante de la casa. Geli se quedó con el corazón destrozado, y Adolf, con el camino libre.

Digamos que Geli se dejó querer porque no tenía más remedio. Adolf lo daba todo por ella, por acariciar sus rizos rubios y oír su risa infantil. Ella no se planteaba mucho más, ahora que Emil se había ido. Así fue como la niña sucumbió ante el líder, y el líder ante la niña. Quizás es una historia que se podía catalogar, incluso, como bella. Pero recuerden : todas las bellas historias, si en ellas es protagonista el amor -o la pasión, al menos-, acaban mal.

Y esta no fue una excepción. El 19 de septiembre de 1931, Geli apareció muerta, tumbada sobre un enorme charco de sangre, en la habitación que Adolf había dispuesto para ella en su casa. Tenía 23 años. Nunca se supo exactamente que pasó, sólo que Adolf, a partir de entonces, se convirtió en otra persona. Una persona aún más fría, aún más ausente, aún más retraída de lo normal en él, que no era poco. Alguien distante. Alguien que, cuentan, nunca fue capaz de volver a amar de la misma manera, ni siquiera a la anegada Eva, que le acabaría por dar todo, incluida su vida.

No hubo nota ni razones. Muchos dijeron que lo de la pequeña sobrina-amante de Hitler no había sido un suicidio, sino algo más. La pistola asesina fue la del mismo Adolf, una Walther 6.35, el tiro mortal, en el pecho. La muerta, la niña; el asesino de masas, el tío. Las dudas, interminables. Ocurrió hace setenta y siete años.

El resto de la historia, la que no es de amor pero sí de muerte, ya la conocen. Por desgracia.