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08 julio, 2009

Breves (I)

Pandorgada morrocotonuda fué la que se armó ayer en la calle de Ruíz Gómez por el grave delito de haber contraído segundas nupcias, un individuo á quien no le agradaba vivir sin compañera.

Los agentes municipales que trataron de impedir lina manifestación propia de un villorrio, fueron incapaces de sofocarla, y los pacíficos vecinos del barrio, tuvieron que sufrir con resignada paciencia
os destemplados acordes de tan infernal orquesta.

¡Cuándo desaparecerá de Gijón esta costumbre que hace suponer que nuestra villa ha retrogradado lo menos 50 años!

El Noroeste, 13 de febrero de 1897

Aunque hacía ya dieciocho años de que el mismísimo rey de España, Alfonso XII, se había casado en segundas nupcias -después del novelizado drama de la bella Merceditas-, y aunque, de hecho, esta condición no fuera extraña para la noble familia de la que procedía (su abuelo, Fernando VII, había llegado a tener hasta cuatro mujeres, incapaz de proporcionarse con ninguna, hasta que llegó la cuarta, descendencia), en la España de la época, cuando se trataba de ciudadanos de a pie de calle, o de caleya, no estaba bien visto el volverse a casar. Poco importaba que fuera después de años de viudez, o que el cónyugue repetidor fuera hombre o mujer. Las pandorgadas o caceroladas el día de una boda en la que algún contrayente fuera a repetir nupcias se veían como un símbolo del pasado para los urbanitas periodistas republicanos de El Noroeste, pero lo cierto es que fueron muy comunes en la Asturias de hasta bien mediado el siglo XX. El único objetivo era humillar al contrayente que adquiriera segundas nupcias, prolongándose a veces hasta ya avanzada la noche de bodas.

Cuentan que en un pueblo no demasiado lejano a Gijón, muchos años después de ser publicada esta breve noticia , uno de los vecinos contrajo segundas nupcias con una joven soltera, tras haber quedado viudo de su primera esposa. La pandorgada comenzó al amanecer, continuó en el banquete y les acompañó en la noche de bodas. El novio, con la intención de espantar a los muchachos que continuaban aquella humillante tradición de sus antepasados quizás más por travesura que por convencimiento real, sacó su escopeta de cazador y, por la ventana del dormitorio, lanzó un tiro que pretendía ser al aire. Uno de los muchachos protagonistas de la pandorgada cayó muerto, sobre un charco de sangre, tras ser alcanzado por una bala que no tenía destinatario. Corría el año 1950. Fue la última pandorgada del pueblo.

18 abril, 2009

La locura de los Panero

Felicidad Blanc y sus tres hijos, en 1956

Voy, me llevas, se torna crédula mi mirada,
me empujas levemente (ya casi siento el frío);
me invitas a la sombra que se hunde a mi pisada,
me arrastras de la mano... Y en tu ignorancia fío,
y a tu am
or me abandono sin que me queda nada,
terriblemente solo, no sé dónde, hijo mío.

Crítica, semanario gráfico, nº242, de 30 de junio de 1956. En la sección Cuando hablan las mujeres entrevistan a Felicidad Blanc, a la sazón esposa del poeta Leopoldo Panero, autor de los versos que preceden. Y dice así:
Doña Felicidad Blanc de Panero tiene serenidad en su rostro. Un clima de serenidad, influjo suyo sin duda, nos envuelve desde que entramos en la casa del poeta. Y en un grato rincón, sereno y apacible, iniciamos la charla.

- Como todos los hombres, es difícil. Quizá un poco más difícil para el ama de casa, porque sus horas no son muy normales. Cuando escribe, no nos atenemos a horario alguno. Pero, en general, procuramos ser lo menos poetas posibles.


Tienen tres hijos. Tres hijos de los que quieren hacer hombres muy normales.


- ¿Apunta el poeta en a
lguno de ellos?

- El del medio, que tiene ahora ocho años [Se refiere a Leopoldo María], parece que tiene atisbos. Pero nosotros procuramos por todos los medios que no se defina esa vocación. No nos gustaría que nos salieran poetas. Los queremos normales, muy normales, que es lo mejor que podemos apetecer.
Puede que Felicidad mintiera tanto como el periodista que agasajaba a la familia repitiendo tantas veces la palabra serenidad, o puede que realmente hiciera todo lo que estuviera en su mano por conseguir que ninguno de los tres hijos le saliera ni poeta, ni excéntrico, pero fracasase estrepitosamente. Quien conozca la historia de los Panero no puede por menos que sonreir al leer las inocentes declaraciones de la madre en esta revista de hace ya cuarenta y tres años.

Leopoldo Panero fue, sin duda, un genio. Un intelectual genial, aunque vendido al franquismo; que se desdijo de su republicanismo de juventud cuando descubrió, en los ojos de su hermano muerto, los horrores que la guerra reservaba a todo el mundo, incluso a él mismo. Un poeta ligeramente excéntrico pero centrado, que se casó con una hermosa chica bien, Felicidad Blanc, al acabar la contienda, y que, junto a ella, trajo al muno a tres niños hermosos, criados en una hermosa casa y con un hermoso futuro. Una historia que, como suele suceder, acabó mal.

Empezando porque todos les salieron poetas, o casi.

Cuando ya no te llegue el eco de mi voz
ni el resonar cordial de mis palabras,

entonces, te pido que recuerdes que una tarde,

unas horas, fuimos juntos felices y fue hermoso vivir.


El mayor, Juan Luis Panero (1942), se hizo poeta desde joven, además de desafiar a la autoridad paterna cruzando el océano para casarse con la mujer a la que él amaba, pero que la madre, Felicidad, rechazaba. Para ese entonces, el padre ya había muerto; Leopoldo Panero falleció aún joven, en 1962. Juan Luis, aunque rebelde, fue el hijo menos problemático, el más independiente; el poeta correcto y sensato. Un genio al que su propio hermano, Leopoldo María, calificaría como mala persona, un verdadero hijo de puta, pero está bien como poeta...



Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada con peces muertos en sus peldaños y una sirena ahogada en mi mano que enseño mudo a los viandantes pidiendo como el poeta limosna...

Nada raro en Leopoldo María Panero (1948), que, ya mayor, tuvo insultos de sobra que repartir tanto para su padre -el cerdo-, su madre -la prostituta-, Juan Luis -un hijo de puta- y Michi -el que más me fastidia...-. Levantado contra el férreo derechismo familiar, Leopoldo María se convirtió, a finales de los 60, en un firme defensor de las políticas de izquierda radical, lo que le costó no sólo la cárcel, sino el descrédito para su propia madre, Felicidad, que a partir de entonces nunca aceptaría a su hijo mediano. Cuentan que, sumido ya Leopoldo María en el infierno de las drogas, intentó quitarse la vida con pastillas -ya lo había hecho otra vez, intentando ahogarse con el forro de una gabardina-. Cuando Felicidad se enteró, y mientras intentaba explicar por qué quería meter a su hijo en una institución mental, dijo, tal cual: lo peor no es que se haya intentado suicidar, sino que se droga... Empezaron así, también, las correrías de Leopoldo María por los psiquiátricos, y la obsesión de Felicidad por pensar que su hijo había sacado la locura de una de sus hermanas, a la que la familia Blanc siempre había ocultado de la opinión pública.

Poeta maldito, homosexual declaradamente reprimido por el padre, genio despreciado por la madre, Leopoldo María quizás sea, en el mundo de la poesía, el mejor de los Panero. Dicen que son los locos quienes siempre sobresalen en éste.

Sólo el último de los hermanos, José Moisés "Michi" Panero (1951-2004) no se dedicó a la poesía, como la Blanc hubiera querido para todos. En realidad, nunca tuvo una profesión conocida. Era el hermano pequeño, a la sombra de los dos mayores, y el que nunca se decidió por nada en concreto pues era uno de esos genios que le dan a todo. A escribir, a la vida, a la música, a la política, al cine. Él fue el instigador de El Desencanto, la película documental sobre los Panero, él fue el que más salió en las revistas del corazón y el que más anduvo las calles. También el que murió más joven, víctima de un cáncer que nunca le avergonzó, pero contra el que se negó a luchar, aceptándolo en silencio y calma. Falleció con poco más de 50 años, 14 después de la muerte de Felicidad Blanc.

No fueron, sin duda, una familia normal: mal para la capacidad adivinatoria de Felicidad Blanc. Pero sí una familia extraordinaria.

Fuentes 1 | 2

11 abril, 2009

Elizabeth Prettejohn, la última de Hallsands


La de Hallsands, en Devon (Inglaterra), no fue una aldea que se muriera lentamente, como casi todas, tristemente, lo hacen. No. Hallsands tuvo un antes y un después. Enfermó mortalmente y se convirtió en una población fantasma en menos de medio siglo. Quizás fue, en parte, por esta razón por la que Elizabeth Ann Prettejohn, la última de sus habitantes, prefirió vivir en soledad antes de marcharse de un lugar que aún no le había dado tiempo a asumir que estaba muerto.


Tiempos felices para Hallsands: la playa de la aldea a finales del siglo XIX

Cuando Elizabeth nació, en 1884, hija de un ama de casa, Jessie Rebecca Prettejohn (de soltera Long) y un pescador, Phillip Prettejohn, Hallsands era una villa marinera próspera, en la que vivían unas 160 personas. Las operaciones de drenaje en la costa, que comenzaron en 1897, iban a cambiar totalmente esta situación. El terreno de las playas de Hallsands se hizo inestable, lo que hizo que tanto el viento como las mareas tuvieran un impacto cada vez mayor en las viviendas de la aldea. La naturaleza quería recuperar lo que era suyo.

La noche del 26 de enero de 1917 se produjo la tragedia. La tormenta azotó Hallsands, inundando las casas y haciendo que los habitantes tuvieran que refugiarse en lo alto de la colina. Al día siguiente, al remitir la tempestad, la población de Hallsands bajó al pueblo para descubrir que sus casas habían sido destrozadas, que el mar se había tragado todos sus objetos personales y, en definitiva, que la naturaleza les había echado de su lugar natal. Es el fin de nuestro pueblo, dijo un viejo pescador a un periodista local, ahora debemos de irnos...

Ruinas de Hallsands tras la tormenta, en 1917

Sólo los Prettejohn continuaron viviendo en la aldea. Su casa, cercana a la colina, fue la única que se salvó. Poco a poco, como siempre ocurre en todas las familias, sus componentes fueron muriendo. En 1954, cuando falleció el penúltimo de los cinco hermanos, Elizabeth Ann se quedó sola frente al mar que un día se había comido la vida de su aldea. Soltera, sin hijos y sin familiares cercanos, Elizabeth decidió morir en la aldea. Que el resto de su vida la pasaría entre los restos derruidos de las casas de quienes habían sido sus vecinos, sus abuelos, sus amigas, sus novios de juventud, y mirando orgullosa al mar.

Elizabeth Prettejohn frente a su casa en Hallsands, a finales de los años 50

Sólo unos cuantos visitantes al año, seducidos por el romanticismo de la dramática historia de Hallsands, se acercaban a visitarla. Elizabeth los recibía a todos, siempre dispuesta a guiarles por el pueblo y darles una taza de té caliente. Y luego, cuando los visitantes se marchaban, Elizabeth se quedaba mirando al mar, ahora tan apacible, con todos sus recuerdos agolpándose en su mente.

Sólo falló a sus turistas en 1964. En diciembre de aquel año, el grupo de curiosos que se acercó a Hallsands no encontró a Elizabeth, como siempre, sonriente por las desiertas calles de la aldea fantasma, ni sintió el olor del té recién hecho por su ventana. La última superviviente de la aldea yacía muerta en su cama. Con ella también se evaporaba el alma de Hallsands, y sus recuerdos, su pasado, sus ruidos en la calle, su vida...


Restos de la iglesia de Hallsands, en la actualidad

Fuentes 1 | 2 | 3 | 4

15 diciembre, 2008

El hombrecillo de la RDA

1961 pasará a la historia de Alemania por haber sido el triste año en el que se levantó el Muro de la Vergüenza, pero, para la cultura popular, también porque en él fue cuando nació el curioso Ampelmännchen de los semáforos del Berlín Este. Su cabezona y paticorta silueta la diseñó Karl Plegau, que no era ni mucho menos un dibujante ni nada que se le pareciera. Karl era, por el contrario, psicólogo, y creía que una de las medidas para evitar la siniestralidad en el tráfico vial pasaba por concienciar a los peatones mostrándoles un personaje amable y carismático (que, además, tenía diferentes posturas para las órdenes de pasar y detenerse, lo que era de gran ayuda para el 10% de la población alemana, sufridora de daltonismo). Ése sería Ampelmännchen (literalmente, hombrecito del semáforo). Toda una campaña propagandística se creó en torno a aquel personaje, que llegó a participar en programas de televisión y cuya figura pronto adornó todos los semáforos de la ahora incomunicada RDA.

Décadas después, cuando cayó el Muro, la reunificación alemana estuvo a punto de llevarse por delante aquel pequeño hombrecillo, en pos de la expansión del más serio y estirado símbolo occidental (el mismo que tenemos en España). Un enorme movimiento popular se levantó en contra de tal decisión, consiguiendo salvar al Ampelmännchen de la quema y convirtiéndolo en todo un icono nostálgico de la vieja Alemania. En 2004, 43 años después de su creación, el viejo hombrecillo recibió incluso la recompensa de una novieta: se trataba de la Ampelfrau, la figura femenina -con coletitas y falda- del Ampelmännchen que se colocó en varios semáforos de la ciudad de Dresde...

23 noviembre, 2008

María Luisa, la reina niña

Nada tiene que ver el hecho de que María Luisa Gabriela de Saboya hubiera nacido entre algodones, en aquel Turín de 1688, de la semilla del rey de Sicilia y el vientre de toda una princesa de Orléans, con el que no le robasen la infancia, pues eso, precisamente, fue lo que hicieron. Cómo, si no, explicar de otra forma el hecho de que la casasen con apenas 12 años y medio con un hombre -el nuevo rey de España, Felipe V- al que ni siquiera conocía. María Luisa aún jugaba con muñecas, y seguía jugando con ellas cuando, un año y medio después, le vino la primera menstruación y, con ella, la obligación -ahora sí- de yacer con un marido que ella veía más como un compañero de juegos con el que se divertía correteando por palacio y jugando al escondite y al cucú.

Cuentan que aquella primera noche, ella de catorce añitos, el rey de diecisiete, al averiguar las intenciones del ansioso Felipe, María Luisa rompió en un llanto histérico y comenzó a proferir maldiciones en italiano. El rey interpretó de muy mala educación y de mucha niñería el que la airada princesita le echase de su cuarto en paños menores, sollozando como un bebé y rogándole a sus damas que la llevaran de vuelta a su adorado Turín, que le trajeran sus muñecas y que la dejasen arrebujarse bajo las faldas de su madre, ahora tan lejana. Lo fue, sin duda; así como el hecho de que la princesa se pasase tres días, tres, encerrada en su cuarto, negándose a recibir a nadie... ¿pero qué se puede esperar de una niña, más que niñerías?

La niña, de todos modos, creció. Y creció sexualmente de una manera tal que todo el reino -y todo el extranjero- murmuraba, tan sólo unos meses después de aquel primer incidente, que el cumplimiento de los deberes conyugales de los reyes podría ser hasta excesivo, y que los modales de la muchacha eran, cuanto menos, escandalosos... ya que se negaba a ocultar sus pies con el tontillo, a la moda española, e iba luciéndolos por ahí de forma descarada e insinuante.

Cuando murió, víctima de una pertinaz tuberculosis, con apenas 25 años, María Luisa ya no jugaba con muñecas y había parido cuatro hijos. Poco quedaba de aquella niña rechoncha cuyos ojos se encharcaban de lágrimas al recordar el bello Turín que la vio nacer: a quien le tocaba llorar ahora, desconsolable, era a un rey viudo que ya nunca más jugaría al cucú.

12 noviembre, 2008

Gijón, 1959

UN NIÑO MUY HERMOSO, OLVIDADO O ABANDONADO EN CIMADEVILLA
Una criatura, como de ocho días, dejada de prestado en un bar
La dueña del establecimiento no quiere que aparezca la madre

Revuelo en Cimadevilla —segundo del día— a las diez y media de la noche. A la puerta de un pequeño bar de la calle de la Vicaria se apelotonaba la gente; mujeres, sobre todo, y comentarios a gritos:

- ¡Ay, qué madres! ¡"Ye cómo pa mátales"!". Dios da "fíos"...
- No te pongas así, "muyer", al menos ésta dejó el "críu" en "buenes" manos.

Había que enterarse de lo ocurrido. Y fue lo siguiente: A eso de las dos de la tarde se presentó en el pequeño bar de Pili una mujer bien vestida, enlutada, con un niño en brazos y en la mano un paquete como de zapatos. Pidió por favor por favor un vaso de agua.

- ¿A usted? —preguntamos a Pili.
-
No, a mi marido. Yo estaba trajinando por la cocina. Precisamente tenía que preparar una paella para los candaminos que paran aquí. Son los que traen a Gijón la fresa y todos los sábados vienen a que les haga un buen arroz. El vaso de agua se lo sirvió mi marido que estaba en aquel momento leyendo VOLUNTAD.

- ¿Y qué más?
-
La mujer se sentó aquí, en este rincón, donde están estas cajas de vino. Salí yo de la cocina y me pidió un favor : que le tuviese un momento al niño y le guardase la caja mientras ella iba a buscar una habitación. Quería, al parecer, encontrar posada para unos días.

Pili, como cualquier mujer que tenga el corazón en su sitio y más si es de Candamo y vive en Cimadevilla, accedió gustosa a lo que la desconocida le pedía. Cogió al "guaje" con todo cariño y dijo a la desconocida que podía marcharse tranquilamente.

¡Y tan tranquila que se marchó! A las diez de la noche, aún no había aparecido a recoger la criatura. Pili y su marido no las tenían todas consigo. ¿Qué será esto?, se preguntaban. Y, naturalmente, por consejo de algunos vecinos, Angel Mota, el famoso cocinero del "Hernán Cortés", decidió trasladarse a la Comisaría para dar cuenta del caso. A las una de la madrugada nada se ha puesto en claro.

Volvimos a las once y media a la calle de la Vicaría. Aquello era un hormiguero. Mujeres, sobre todo, a la puerta del bar, en el portal de la casa y arriba en la vivienda. Todas querían coger al chiquillo. Y algunas hasta llevárselo, porque la verdad es que el "guaje" lo merece.

Pili, deshaciéndose allá como pudo de aquellos embates de delirio maternal, consiguió abrirnos paso hasta la vivienda. En una cama, bien arropado, estaba medio adormilado el "rapacín". No aparenta tener más de ocho días. Es hermoso, como son todos los niños cuando nacen.

- ¿Y ahora qué, Pili?
- Pues que si me lo quitan, me darán un gran disgusto.

- Pero, ¿es que piensa quedarse con él?
-
Dios me lo diera.

- ¿Le gustan los niños?
-
Mire una cosa: Ángel y yo llevamos tres años casados y no tenemos descendencia. No hace muchos días, fui a Oviedo a consultar con don Ernesto Macías para ver si era posible que lograse tener hijos.

- ¿Y qué?
- Pues me mandó estar nueve meses a reposo y seguir un régimen para adelgazar.

- ¿Lo siguió?
- No me dio tiempo, porque...

-¿Qué?
- Porque cuando iba a someterme al régimen, hoy mismo, fue cuando apareció esta criatura. Y ¡qué casualidad...!

Y es cuando la mujer, la mujer, verdaderamente emocionada por la casualidad, nos muestra la hoja del calendario correspondiente al día de ayer. En su santoral dice: "Santos del día: la aparición de Santiago Apóstol'.

- De modo que, de no reclamarlo su madre y quedarse con él legalmente, le llamarán...
- Santiago Ángel. Santiago por el Santo del dia y Ángel por mi marido, a quien también le gustan los crios a rabiar.

Abandonamos el piso y del portal salimos a trancas y barrancas, porque en la calle había tal baraúnda que apenas si se podía dar un paso. Y las voces repetían:

- ¡Qué suerte la de Pili! ¡Además de ser "regaláu, ye guapu"!

Y es que el humor de los de Cimadevilla es así. —C.


Voluntad, domingo 24 de mayo de 1959

09 noviembre, 2008

De Wu Chao (624-705)

Cuando Wu Chao vino al mundo, en una fría tarde del año 624, su padre montó en cólera. Otra niña a la que mantener. Otra mujer por la que, tras años de manutención, habría que pagar porque se biencasara y se fuera de casa. Otro ser inferior que nunca haría nada de provecho, ni llevaría el honor a la familia, ni la riqueza, ni nada. Efectivamente, el padre de Wu Chao conocía bien la sociedad china. En aquella época (y hasta hace bastante poco), las mujeres eran seres secundarios que una familia noble podía permitirse tener, pero que jamás tendrían posibilidades para conseguir todo aquello que estaba reservado a los hombres.

Pero si estamos hablando hoy aquí, casi mil cuatrocientos años después, de Wu Chao, es porque ella sí lo consiguió.

La joven se autoeducó, en una época en la que las niñas -ni siquiera las nobles- no recibían ningún tipo de formación, hasta convertirse en una adolescente culta, y -eso lo hizo la naturaleza- bella. Por ello el padre decidió mandarla como integrante del harén del viejo emperador Tai Tsung, al que le faltaba poco para morir. La joven Wu poco tenía que hacer con el anciano, pero supo arrimarse bien a su hijo, Kao Tsung, que ya tenía esposa y concubina. A pesar de que pronto se convirtió en la favorita del futuro emperador, éste sólo podría aceptarla, como mucho, como segunda concubina, protocolo mandaba.

Al morir Tai Tsung, sus concubinas -incluida Wu- sufrieron el castigo que se les imponía a aquellas que lo hubieran sido del emperador muerto. La tradición mandaba. Wu fue rapada al cero y encerrada, pero el amor pasional que ya sufría Kao Tsung por ella hizo que el nuevo emperador se colase muchas veces en su celda hasta que, en 654, Wu parió un hijo varón. A partir de entonces todo son sospechas, alentadas por amigos y enemigos, pero que dejan translucir un hecho innegable: las tres mujeres, esposa, concubina y concubina no oficial, emprendieron una guerra por el poder, ya que el amor de Kao Tsung ya estaba bien a salvo en el corazón de Wu. Algunos cuentan que Wu llegó a asesinar a su bebé para culpar a las otras dos mujeres, otros, que realmente fueron ellas las asesinas. La cuestión fue que en 655, de un modo u otro, esposa y concubina fueron misteriosamente asesinadas y Wu consiguió, por fin, casarse con Kao Tsung.

Wu se fue deshaciendo poco a poco de todo aquel que le supusiera un estorbo. Al hijo de la antigua concubina del emperador lo envió como embajador a otras tierras, a su sobrina la envenenó y los dos hijos que había tenido con el emperador después del primer bebé muerto fueron, el uno, exiliado, y el otro, declarado incapaz. En 660, con 38 años, Kao Tsung sufrió una enfermedad que le postró en la cama, casi vegetal. Ahí fue donde Wu Chao tomó el poder. Logró lo que no había logrado nunca antes ninguna mujer, con métodos no demasiado diplomáticos, es cierto, pero... ¿es que acaso los hombres que accedían al poder en la China de aquella época no empleaban estrategias similares sin que nadie se echase las manos a la cabeza? El emperador falleció en 663, y Wu Chao fue proclamada emperatriz.

La aprobación de la libertad de cultos, la expansión de china con la conquista de la actual Corea, el desarrollo de culturas y artes, de la ciencia y de la sanidad, de la educación y la creación de nuevas leyes más favorables a la mujer fueron, a grandes rasgos, el producto del largo mandato de Wu Chao, que fue extremadamente longeva para la época, ya que falleció en 705, cuando tenía la friolera de 81 años... 81 años de hace, claro, mil trescientos años.

Cuentan (y nunca se sabrá si fue verdad o mentira) que seis años antes Wu Chao había creado un harén de concubinos para ella, ante el escándalo de la misma sociedad que consideraba perfectamente normal la existencia de harenes de concubinas para los emperadores varones. Cuentan, y jamás sabremos si fue real o una invención de sus enemigos, que durante el casi medio siglo que duró su mandato Wu Chao, ésta ordenaba a sus visitantes que la saludaran... lavándose la boca y haciéndole un cunnilingus.

De armas tomar. Y, en caso de que lo que cuentan sea real, extremadamente avispada...

Fuentes : 1 | 2 | 3 |

04 noviembre, 2008

El hijo número trece




I was born thirteenth child
‘Neath the thirteenth moon

Spit out on ???


Hace apenas unos días, en la última noche de Halloween, the Boss Springsteen nos obsequió con este clip que, más allá de gustos personales (el ser fan incondicional del viejo Springsteen me hace cerrar la boca como si de una cremallera se tratase, a buen entendedor...), nos trae a la cabeza la aterradora leyenda del demonio de Jersey, por el que tantos niños -y no tan niños- norteamericanos fueron, son y serán incapaces de conciliar el sueño.

Lo que se dice del diablo de Jersey es común a muchas otras leyendas criptozoológicas: una suerte de dragón alado, con no muy buenas intenciones, que se esconde en los montes desde hace siglos y que, periódicamente, sale de su madriguera para llevar a cabo terribles hazañas con humanos.

La historia oral nos remite a 1735, y es muy probable que tenga, como todas, una base real. Cuenta que, en ese año, una mujer llamada Deborah Leeds, esposa de Japhet Leeds, parió a su treceavo hijo en esta vieja y pobre casa de Burlington, cerca de Leeds, Nueva Jersey. El niño, aparentemente normal, creció hasta adquirir una forma monstruosa: desarrolló cabeza y patas de caballo, alas de murciélago , cuernos de cabra y cola de dragón. Deborah, temerosa del qué dirán, encerró al niño todo el tiempo que pudo en el sótano de la casa, hasta que éste se escapó. Hasta ahí, relativamente, la parte real. Es fácil suponer que, efectivamente, allá por 1735 nació un bebé deforme que, debido a la superstición acrecentada por ser, además, el hijo número 13 de una familia pobre, causó el terror -pobrecillo- en la aldea. Es fácil, también, suponer la dramática vida del niño que, sin desearlo, fue considerado un ser maldito. Y aquí, también, es fácil saber que comenzó la leyenda.

El primer avistamiento conocido del diablo de Leeds tuvo lugar en 1778, cuando el Comandante Stephen Decatur creyó ver a una criatura muy similar a la descripción que contaban del extraño ser los viejos del lugar, sobrevolarle. En el siglo XIX los avistamientos fueron frecuentes: ya se había abierto la veda. José Bonaparte, el infame Pepe Botella de nuestra historia, aseguró verlo en diversas cacerías en las que participó, sobre 1820, en Nueva Jersey. La locura, sin embargo, llegó en 1909. En tan sólo una semana, la del 16 al 23 de enero, más de mil personas declararon haber visto al diablo de Jersey en diferentes lugares muy dispares. La leyenda del diablo alado se reavivó hasta el extremo de llegar a producirse absurdas falsificaciones del bicho: un canguro al que se le habían pegado en el lomo un par de alas falsas fue, por ejemplo, presentado ante el zoo de Philadelphia, que ofrecía una jugosa recompensa a quien capturase al monstruo.

Después de esta semana de terror, los avistamientos del monstruo se redujeron considerablemente, apareciendo sólo ocasionalmente y de forma siempre individual. El diablo
de Jersey es ahora -afortunadamente- tan sólo una historia de miedo que contar a los niños en Halloween, a la luz anaranjada de las calabazas y en la oscuridad de la noche en la que, por una vez, los muertos, los vivos y los intermedios conviven en el mismo universo.

¿Tan sólo? Por si acaso, vigilen sus espaldas, y estén atentos a cualquier chillido que provenga de allá arriba, cerca del cielo...

Fuentes : 1 | 2 | 3 | 4

30 octubre, 2008

Las mujeres de Millán-Astray

Puede que su grito famoso, aquel que profirió contra don Miguel de Unamuno en octubre de 1936, ya lo demostrara de por sí, pero por si a alguien se le había pasado desapercibido, José Millán-Astray siempre había sido un desgraciado. Nacido en 1879, José había sido un niño flacucho, feo y fanfarrón que sólo halló salida en el campo militar, en el que -todo hay que decirlo- destacaba sobre todos los demás.

Pero había nacido con mala estrella, sí. En especial para con las mujeres, con las que siempre tuvo una relación extraña. Ellas lo reverenciaban y lo asqueaban a un tiempo, él las adoraba y respetaba... pero siempre con resultados estrafalarios. La primera, sin duda, fue Elvirita, su esposa ante Dios. Cuentan que Millán-Astray, en la noche del 2 de marzo de 1906, su noche de bodas, después de haberla esperado meses, se lanzó a Elvira -casta dama de la alta sociedad castrense- con el pasional deseo sexual que sólo puede tener un muchacho de 26 años. Ella le detuvo en seco.

- Para, José. Quiero ser decente.
- Y lo eres, estamos casados ante Dios.
- No lo entiendes. Yo... he jurado ser siempre casta.

Lo había jurado, sí. Y lo mantendría, aún a pesar de haberlo mantenido en secreto incluso cuando José la había pedido en matrimonio. Las crónicas no recogen, claro, como se tomó en un primer momento el despechado novio la negativa de su (nunca mejor dicho) blanca y radiante compañera de lecho, pero el caso es que siguieron casados. Elvira a sus cosas, a sus rezos y obligaciones maritales (todas menos una), y Millán a su oficio de militar y a sus mujeres. Elvira lo sabía y lo entendía, resignada. Quizás a ella le hubiera gustado que su marido fuera, como ella, puro hasta el sepulcro, pero él jamás podría serlo. En su innata fanfarronería, Millán-Astray se las daba de Don Juan, y, sobre todo cuando adquirió cierto poder, lo fue.


Ocurrió, claro, después de la Guerra Civil. Millán-Astray había fundado, años atrás, la Legión Española, a cuyos soldados supo convertir en perfectos calcos suyos. José Millán-Astray era primario y práctico. A Unamuno, aquel 12 de octubre de 1936, le gritó que muriera la inteligencia. Se lo puso en bandeja : la elocuencia del intelectual superó su soflama con creces. Venceréis, -replicó- porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. El viejo Unamuno tenía razón. Vencieron. Y también venció Millán, que heredó de la guerra un jugoso ministerio en el nuevo régimen impuesto en el país.

Millán-Astray, ya se ha dicho, no era lo que se dice un dechado de virtudes. Y menos en el físico. Como Unamuno le recordó aquel día, Millán era un mutilado de guerra que llevaba en su cuerpo las marcas más desagradables de su oficio. De un fusil que disparó contra su mejilla conservó el recuerdo en la mandíbula, deformada para siempre, y en el ojo derecho, que le desapareció. De un tiro en el codo izquierdo perdió el brazo correspondiente. Sobrevivió, incluso, aunque con cicatrices, a un tiro al corazón. Aún así, el éxito con las mujeres, en especial a partir de la victoria de los suyos en la Guerra Civil, fue arrollador. A Millán-Astray, que sentía una obsesión realmente extraordinaria con el género femenino, se le daba bien. Excesivamente bien como para la casta moral que se imponía, por parte precisamente de los suyos, en la época. Cuentan que, en las reuniones sociales, el legionario conminaba a todas las parejas (heterosexuales, ¡por supuesto!) a besarse en público ante él, mientras que, en el resto de España, un simple beso entre un par de adolescentes podía llevarles a una noche de calabozo y bofetón del policía de turno.

El romance más sonado de Millán-Astray fue, sin lugar a dudas, una muy casquivana Celia Gámez (en la foto), picante musa del franquismo que conservó siempre amistad con el militar, llegando a invitarle como padrino a su boda. Allí, y no en otro sitio, fue donde Millán, siempre locuaz, acuñó la expresión ¡A mí la legión!, que profirió cuando unos muchachos tiraron, al paso de los novios, un par de cuernos. Hacían referencia, los diablillos, al muy afamado libertinaje sexual de la Gámez, que aún sabiendo que lo suyo habia sido vox populi se casaba de blanco inmaculado. Siempre caballeroso, Millán llamó entonces a sus legionarios, que acudieron raudos y veloces a defender el honor de la cupletista. Franco, claro, y la iglesia se echaban las manos a la cabeza. Y Millán respondía que él era así, sencillamente. Porque él era así.

El canto del cisne vino, para alivio (relativo) del dictador y los curas, con la última de las correrías de Millán-Astray en España. Ocurrió en 1942, cuando el legionario ya pasaba de los 60 años y se enamoró perdidamente de una muchacha de 35, que podía haber sido, por tanto, perfectamente la hija de aquel matrimonio que jamás se llegó a consumar y que, aún a pesar de ello y de la apabullante vida sexual extracasera de Millán, se mantenía. La joven era Rita Gasset, y Millán, que ya era viejo, se enchochó hasta el punto de que le pidió a Franco que le diera permiso para anular el matrimonio con Elvirita. El dictador puso los ojos en blanco. No me vayas a dar ese disgusto, hombre... no, hombre, por favor... Millán-Astray tuvo que irse, el rabo entre las piernas y su gachí bajo el brazo, exiliado a Francia. Allí nació su única hija, Peregrina, y allí moriría años después. Elvirita, desde su piso en Madrid, escribía mensualmente a la pequeña Peregrina, de la que la buena mujer aseguraba, ante las burlas de toda España, ser su tía.

Nadie lo puede negar : si algo tuvo Millán-Astray es que siempre fue un personaje...

27 octubre, 2008

Adolf, el rey glotón



Adolf Fredrik de Holstein-Gottorp y Baden-Durlach fue hijo, nieto, padre, abuelo de reyes y rey él mismo. Nacido en la Suecia de 1710, su vida como tal no fue demasiado cansada. Adolf Fredrik era de carácter pausado y tranquilo y no le importaba demasiado perder poder si eso representaba trabajar menos. Ante una personalidad tal, su matrimonio con la princesa Lovisa Ulrika de Prusia fue providencial: Lovisa, diez años menor que Adolf, era mandona y dominante. La joven princesa venía de Prusia, donde la monarquía era de tipo absoluto, y se quedó estupefacta ante la relajación de la vida política del rey en Suecia, su nuevo hogar. En el frío país sueco quien mandaba no era él, sino el parlamento, algo que Lovisa no iba a tolerar: llegó a organizar un golpe de estado, finalmente sofocado (el absolutismo no tardaría en llegar, de todos modos, de manos del futuro rey, su hijo), para dar mayor poder a la figura de la monarquía; revitalizó la corte y tomó todas las decisiones que debía haber tomado, como rey, su marido.

Mientras tanto, él sonreía y aceptaba todo lo que su amante esposa hacía y decía, con tal de que le dejasen en paz. Era un rey, como se suele decir hoy en día, campechano y simpaticón, que obtenía placer de las pequeñas cosas… como hacer pequeñas cajitas para el rapé, o simplemente comer. Poco se supondría él, o la misma Lovisa, enfrascada en sus asuntos de estado, que sería precisamente eso lo que le llevaría a la tumba.

Efectivamente, el 12 de febrero de 1771 el rey se metió entre pecho y espalda una comida pantagruélica, más que a las que estaba habituado (que tampoco eran, desde luego, moco de pavo). Entre otros platos, la comida consistió en una deliciosa combinación de:

· Caviar,
· chucrut,
· langosta,
· pescado ahumado (kipper),
· champán,
· pastelitos semla,
· leche caliente

La muerte le sobrevino pocas horas después, en medio de fuertes dolores estomacales. Desde luego, lo de comer hasta reventar, en algunos casos, no es sólo una expresión…